En la recta final de la campaña, los dos candidatos presidenciales que, según las encuestas electorales, han polarizado la atención de los votantes, evidencian cambios importantes que podrían implicar la diferencia entre ganar y perder las elecciones del 20 de mayo.

Danilo Medina, del oficialista Partido de la Liberación Dominicana, ha sumado a su coherencia conceptual una mejoría en su indumentaria y dinámica gestual, más una readecuación del uso de los niveles de lengua; ausencias muy sentidas desde el año 2011 cuando anunció su decisión de aspirar a ocupar la silla principal de Palacio.

Dentro de su inocultable timidez, se le ve más resuelto, usando ropas para cada ocasión, caminando más erguido y seguro, y apelando a anécdotas y adagios para comunicarse con los públicos menos instruidos. Antes presentaba el mismo discurso técnico y la misma sobriedad para todos los escenarios.

Quizás la combinación de sus fortalezas, la superación de sus debilidades y los errores fatales de su rival más cercano, han contribuido a mejorar sus posibilidades empáticas y de paso a incrementar su caudal de intención de votos hasta un nivel que pocos imaginaron el año pasado.

Su hándicap actual es una pobre destreza en la lectura de discursos, recurso que debería obviar en lo posible, hasta que se adapte. Desde el Gobierno, ruidos inoportunos de instituciones y funcionarios (caso licitación de ASTER); y, en el plano social, la fuerza del desencanto con la ejecutoria del Gobierno.

El PLD, sus estrategas y los inversores privados del proyecto presidencial deben de estar pensando seriamente en resolver, tan tarde como al regreso de Semana Santa, el alto desánimo aún predominante en la base de la pirámide social debido al escaso movimiento económico. Igual ocuparían horas del feriado para reflexionar sobre los dislates de funcionarios que actúan al margen de los mandatos de la coyuntura electoral.

Hipólito Mejía, candidato del opositor Partido Revolucionario Dominicano (PRD), denota involución desde la conflictiva convención del 6 de marzo de 2011, donde venció al actual presidente de la organización, Miguel Vargas.

Su gran carisma y el colchón de votos duros del tradicional partido blanco (más o menos 600,000) han servido poco, sin embargo, para aplacar el impacto negativo de sus pifias gigantes.

En principio sorprendió con su cautela en el hablar y en el trato a los demás. Pero le duró poco la mesura. Ha vuelto con un estilo arrebatado, una explosión de chistes inoportunos, pobreza conceptual extrema, amenazas a granel e insultos a pedir de boca que solo recuerdan lo que él no quiere -ni le conviene- que la gente recuerde: el descalabro económico y social de su única gestión como gobernante (2000-2004).

Son incontables los errores costosos cometidos:

- Subestimación de su adversario de las elecciones internas, olvidando que un 1 por ciento equivale a 50 mil votos, cantidad que le faltó para ganar en primera vuelta en el 2,000.

- Amenazas de encarcelar al Presidente Fernández con todo y gobierno, lo cual compactó a los oficialistas y obligó al mandatario a tirarse al ruedo.

- Repetida advertencia de no pagar deudas del Estado, lo cual ahuyentaría a sectores que antes le veían bien.

- Llamar “maldito metro” al moderno medio de transporte que usan miles de pobres, muchos de ellos perredeístas.

- Asumir el improductivo tema de la corrupción como discurso de campaña, y, como si fuera poco, atraer aliados que él y su partido han sindicado como corruptos.

- Uso de frases cohetes sobre crisis económica y narcotráfico, sin exhibir un mínimo de argumentación.

- Ausencia total de un discurso sobre tecnología frente a un electorado en gran parte nativo digital. Olvidándose que cada escenario conlleva su ritual, da riendas sueltas a la chabacanería, lo cual alejaría a sectores que habían comenzado a verle con agrado.

Con un PLD en el poder, avalado encuestas que le favorecen y lo empatan y con 14 aliados que, conforme los antecedentes, le sumarían entre 8 y 9 puntos porcentuales (más o menos 400 mil votos), Mejía debería pichar juego perfecto en lo que resta de campaña. Porque, si no es muy tarde ya, el mínimo error lo llevaría a la tumba.

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