Confieso que, como objeto de observación y no de práctica, me fascinan la política, sus hilos conductores, el ajedrez implícito que la compone, la estrategia y, como un pulpo mitológico, los tentáculos que ella posa sobre nuestra cotidianidad para condicionarla.

Un singular contertulio –quien ha vivido desde adentro los momentos más estelares de la praxis política dominicana en las últimas tres décadas- me indujo a la proyección de escenas partidarias post electorales que merecen atención, dada la influencia que ejercerán en nuestra composición social.

Uno de los dos grandes partidos ganará las elecciones presidenciales del 20 de mayo. En consecuencia, uno de ellos lamerá el polvo de la derrota. Veamos primero cómo operaría un escenario de victoria.

En el caso del PLD, que durante 12 años ha tenido una sola figura presidencial y referente único de poder, un triunfo electoral contribuiría con una consolidación interna, un balance del liderazgo, un aire para nuevas opciones, que podría incluir “el reseteo” del propio Leonel Fernández.

Si fuese derrotado, un modelo patriarcal, mesiánico, como un ungido con los aceites del poder eterno bloqueará la renovación de la organización política y la concentrará en torno a un liderazgo unigénito, la esperanza inexpugnable.

El triunfo del PRD, por su lado, traería consigo la decapitación de Miguel Vargas Maldonado, pero, en general, sobrevendrá una quietud interna, un mar político de suaves olas en las que seguirá meciéndose el parque jurásico, un activo consejo de ancianos que será la gran apuesta futura.

Visto en la perspectiva de la derrota, el movimiento interior será telúrico en el partido blanco, con una brillante oportunidad para un grupo de jóvenes perredeístas –algunos hijos de viejos robles-, cuyo talento es opacado por una suerte de tapón generacional. Como nación nos conviene que el neocaudillismo sea descuartizado en los partidos.