SANTO DOMINGO.- En el proceso democrático y el desarrollo institucional la criticidad es importante para la sociedad.

Se requieren voces disidentes, a veces quisquillosas y hasta incómodas para ayudar a ver el otro lado de la realidad.

Un Gobierno que sólo se escuche a sí mismo y se las pase auto evaluándose tiene al final grandes riesgos de fracaso.

Años atrás el país vivió un fuerte activismo de voces de la sociedad civil haciendo contrastes o presentando la otra cara de la moneda.

Hoy se percibe una suerte de ocaso y uno no sabe si fue que esas voces se tomaron años sabáticos o fueron capturadas.

En cualquiera de los casos, la verdad es que las vibrantes organizaciones de la sociedad civil están de capa caída.

El ejercicio crítico de las ejecutorias del Gobierno es netamente político, proveniente de fuentes que deben ser filtradas y uno debe coger y dejar acerca de lo que dicen.

Y es así porque la credibilidad de actores que gobernaron y que cometieron los mismos errores o lo hicieron pero, para mí está entre corchetes, en dudas.

La ausencia de la sociedad civil en la cotidianidad democrática pesa tanto que hasta se siente en los abordajes periodísticos que requieren interpretación.

Nos preocupa la llamada ley mordaza que circula en el Congreso, pero debería ser materia de inquietud la anomia de la sociedad civil.