SANTO DOMINGO.- El apresamiento y la probable extradición a Estados Unidos de un ex presidente hondureño es un estremecedor mensaje al poder político de toda la región, incluyendo a la República Dominicana.

Juan Orlando Hernández gobernó Honduras por ocho años y se consideraba un gran aliado de Washington.

Quizás nunca pensó que con esas condiciones terminaría encadenado y conducido bajo un aparataje policial por presunto delito de narcotráfico y posesión irregular de armas de fuego.

Mientras gobernaba, familiares -específicamente un hermano apresado en 2018 en Estados Unidos- hacían de las suyas con el negocio de las drogas.

Al ex presidente hondureño -quien entregó el poder hace poco- no le ha valido la inmunidad del Parlacen para ser detenido. Ya sabemos que esto es revocable.

El poder suele crear ceguera, cambiar la perspectiva de la gente, colocarla sobre una nube y sacarla de la realidad.

El poder condiciona los oídos a escuchar solamente lo conveniente y a ignorar las críticas que ayudan a evitar errores.

Hay quienes, entronizados en el poder, creen que no están ante algo finito, ante una coyuntura que termina para volver a ser ciudadanos comunes.

Por eso hacen y deshacen, dejan hacer y dejan pasar, sobre estimándose como instancias intocables.

Pueden burlarse de los mecanismos internos de justicia, pavonearse acerca de su control, agarrarse de las complicidades, pero siempre estarán expuestos al juicio social y a las secuelas de las acciones de poderes extraterritoriales.

Juan Orlando Hernández es la tipificación de que los presidentes no son intocables. Aprendamos la lección.