SANTO DOMINGO.- Nadie puede esperar que la reforma policial ocurra de golpe y porrazo ni que se genere como un acto de magia.

Llevamos décadas con una Policía autoritaria, corrupta, distorsionada en cuanto a su misión y llena de islas de poder que se repelen.

Enderezar a ese monstruo con tanto arraigo en las malas prácticas será una tarea titánica, una verdadera batalla.

Los cimientos de esa institución no pueden ser estremecidos sin afectar intereses internos particulares.

Es decir, la resistencia al cambio es algo que habrá de esperarse, pues deben ser muchos los que están plantados para no perder sus privilegios.

No es secreto para nadie que dentro de la uniformada, por ejemplo, los ascensos siempre implicaron un costo. La cena nunca fue gratis.

Amputar ese cáncer tiene que incomodar porque implica cerrar un negocio y eso no se perdona, eso tiene que traer consigo rebelión.

Pero no hablo de manifestación pública, no. Me refiero a poderosas maniobras para que la reforma policial no ocurra.

El Gobierno no debe ser dejado solo en esta tarea; el acompañamiento de la sociedad es clave, la presión social es necesaria.

Necesitamos una nueva policía que real y efectivamente proteja el orden público y no que ande pescando en mar revuelto.

Eso es parte integral del desarrollo institucional, de la confianza en el país, de la seguridad ciudadana y hasta de la felicidad de la gente.