Mi papá, que falleció en 1980 en su cama rodeado del amor de su familia y el respeto de sus amigos, me lo decía: “el periodismo es un oficio de tigres, deja eso”. Antes de la popularización de las redes sociales, nunca me había arrepentido por no llevarme del sabio consejo paterno.

Hoy cualquier semi-analfabeta, tan hijo de Dios y ciudadano como usted, agarra su smart-phone y comienza a evacuar todas sus frustraciones, resentimientos, indignaciones e ignorancia, tuteando al tuitear como si fuésemos amiguitos desde kindergarten. Que, a propósito, hasta eso revienta a algunos, ¡el colegio escogido por tus padres!

Las formas del insulto y el oprobio son como el Dios de la Muerte de “Game of Thrones”, deidad adorada por una secta de asesinos llamada “Los Sin Rostro”, porque se manifiesta con innumerables caras. Una cobarde manera de ofender es guardar silencio descaradamente cuando un golfo ladra, sin ningún gesto decente en defensa de los principios del buen periodismo y la caballerosidad. ¿Como esperar uvas Chardonay de un zarzaparrillar moro?