A partir de ellas determinamos si estamos focalizados al cambio sin quedarnos atrapados en la repetición de una palabra sin respaldo referencial.

Hay dos correcciones fundamentales en la sociedad dominicana que pueden ser señalizadores reales de ruptura más allá de la percepción.


A partir de ellas determinamos si estamos focalizados al cambio sin quedarnos atrapados en la repetición de una palabra sin respaldo referencial.


La primera corrección es moral y ética e implica remover la convicción de que el Estado es una piñata. Esta creencia no es propia solamente de políticos, sino de todos los entes económicos que medran a la sombra del poder público para hacer fortuna privada.


Este cambio demanda mucho tiempo y persistencia en la aplicación innegociable de principios y de un sistema de consecuencias sin selectividad ni dirigido a los corruptos favoritos.


Ha ocurrido que mientras se persigue la corrupción de un gobierno pasado -algo que se hace atractivo por el desgaste y el cansancio que las administraciones prolongadas generan- se ignoran las indelicadezas emergentes.


En la denominada luna de miel política, cuando el encanto de lo nuevo se mueve a borbotones y todo es tolerable, hay quienes meten las uñas en el erario apostando a que no están en el radar público.


El solapamiento es más cómodo para ellos si el espectáculo persecutor tiene componentes mediáticos y construye una epopeya simuladora de independencia, dando paso al pragmatismo y a la subjetividad legales.


No olvidemos que en la actualidad prevalece una alta expectativa -con muchas razones- de que rueden las cabezas de quienes se sirvieron con la cuchara grande al amparo del poder. Hay una pasión por el ajuste de cuenta, el desquite contra aquellos que nos robaron.


La segunda corrección es hacer la burocracia fluida, transparente y predecible, reducir su costo desde el punto de vista de la nómina,  los trámites y la permisología. 


Obtener una aprobación para cualquier ejecución privada puede ser una vía dolorosa, un camino al Gólgota. 


Estas dificultades se convierten en caldo de cultivo de la corrupción y dan pie a que la astucia se imponga como salvadora: ahí se origina el cobro de peajes, cuotas o canonjías para compensar  a quienes ofrecen el servicio de destrabar procesos.


Para el clientelismo el Estado macrocefálico, con instituciones que sobran, constituye un gran atractivo, pero también lo es que las licencias y permisos sean tortuosos, cuanto más mejor, porque ahí se cobra y se reparte. El cambio no es una palabra mágica. Necesita sustancia.