La nación inicia hoy un nuevo ciclo político en medio de la crisis más impactante e incierta del presente siglo -y me atrevo a decir que también de la anterior centuria- causada por un factor exógeno con presencia global: un virus que muere con agua y jabón, pero que ar0r00odilla a las naciones.


En nuestras manos podría estar la solución de reducir la velocidad del

COVID-19, pero ni soñar que podremos frenarlo sin una vacuna a la que

-probablemente- accedamos con dificultades, hasta por razones de geopolítica,

cuando esté suficientemente probada y disponible para masificarse.


El contexto en que se inicia el gobierno es -sin ánimo de ser

catastófico- lo más cercano a un polvorín con fuego muy aproximado: declive en

las fuentes de divisas, debilitamiento de las finanzas públicas, dificultades

para recaudar al ritmo de los últimos tres años, miles de empleos perdidos y de

pymes cerradas.


El endeudamiento público -que desde hace años viene cabalgando como

caballo desbocado- es inevitable: su ritmo y volumen tendrán que incrementarse,

porque pensar en una reforma tributaria en esta coyuntura luce imprudente y

políticamente incorrecto.


No obstante -se requerirán mucha inteligencia, idoneidad, estrategia,

sutileza, eficiencia, liderazgo y gerencia para que  las dos principales agencias recaudadoras del

Estado mantengan un ritmo aceptable de cobro de impuestos.


Pero, más que eso, el espíritu de nación, el sentimiento de solidaridad

y de apoyo a la economía deben ser prendas distintivas de quienes integramos el

aparato productivo y para eso es necesario que quienes puedan paguen sus

tributos de forma honesta y transparente.


No hacer esto sería contribuir con una situación explosiva desde el

punto de vista social, una descomposición que puede incluso interrumpir la

continuidad de los negocios. Es decir, los empresarios están llamados a jugar

un rol estelar, socialmente responsable, en esta coyuntura aciaga.


Por el lado del gobierno, las instituciones públicas están llamadas a la

frugalidad sin perder la eficiencia, gastar con calidad, contratar y comprar

solo lo necesario, reducir el consumo de combustible, de energía y contar con

el personal estrictamente necesario, aunque duela.


En paralelo, hay que crear las condiciones desde el Gobierno para la

recuperación del empleo a nivel privado, establecer protocolos y medidas que

-aun en medio del coronavirus- ayuden a restablecer en alguna medida el aparato

productivo. La tarea es de todos.