¿Recuerdan que les conté antes cómo en la isleña república de Farafangana, cuyas coordinadas y circunstancias he relatado, el espionaje era una pasión nacional? Aún los más insignificantes ciudadanos temían usar el teléfono y tomaban precauciones como si fuesen personajes de una novela de John Le Carré.

Esa pasión por las averiguaciones ilegales alcanzaba tales ribetes que tres o cuatro espías particulares vivían en constante guerrilla, empleando a su favor aliados gubernamentales o socios en los medios de prensa para armar barullos cuyo real trasfondo podía quizás intuirse pero nunca confirmarse.

Allá en Farafangana había una Dirección Nacional de Averiguaciones (DNA) que curiosamente empleaba frecuentemente los servicios de los espías privados cuando no deseaba dejar el rastro que implica una orden judicial para una interceptación de las telecomunicaciones, fueran telefónicas o de data.

Muchos agentes se enorgullecían tanto de su filiación con la DNA que se les hacía difícil mantener en secreto su condición de espías, fisgones, calieses, agentes o comoquiera que se les quisiera llamar; parte del gozo era proyectar el temor de poder abusar de cualquiera.

En los años setenta, un espía pisó los callos a ciertos generales que le pillaron en pijamas y no bien se acababa de despertar cuando ya iba rumbo a España exiliado. Al recobrar su gloria perdida, décadas después sus competidores más jóvenes, inexpertos o audaces, repetían errores similares esperando consecuencias distintas.

Una vez, un director de la DNA quien estudió en los Estados Unidos, quiso mejorar la calidad de sus agentes, y copiando a la CIA, publicó este anuncio: “Gran oportunidad de empleo. Para individuos extraordinarios quienes buscan un trabajo que sea más que cualquier empleo-- esta es la oportunidad de iniciar una carrera que exigirá de usted el máximo de su inteligencia, confianza en sí mismo y responsabilidad. Si usted tiene gusto por la aventura, personalidad fuerte, inteligencia superior y un alto grado de integridad, nos podría interesar entrevistarle”.

El número de solicitantes fue tan abrumador que al otro día debieron publicar otro aviso indicando el cierre de la recepción de solicitudes de empleo. Que tanta gente quisiera trabajar como espía no sorprendió a ninguno de los jefes de la DNA, pero sí puso nerviosos a muchos de sus empleados, quienes sintieron una gran inseguridad laboral.

Una revista turística designó a Farafangana como “el reino de los averiguados”.

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