El irrespeto y la desconsideración hacia los derechos de los demás se han convertido en una actitud cada vez más generalizada y frecuente en espacios y situaciones.

Muchos de los que utilizamos el espacio público olvidamos que nuestras actuaciones y comportamientos al interactuar con los demás se suman a muchas otras y configuran el tono y la calidad de la convivencia. El resultado es que vivimos en situaciones cotidianas de agresión y desconsideración, lo que ha contribuido tanto al clima de crispación como a la actitud de irrespeto por normas y signos de autoridad y de auto limitación. ¿El resultado? Un círculo vicioso del que parece que no podemos escapar: cada vez son más las personas que argumentan que la única actitud correspondiente con ese estado de ánimo social y con los peligros que amenazan la convivencia es la de estar dispuestos a responder agresión con agresión.

Y la actitud desconsiderada vuelve a iniciar el ciclo de justificaciones y de “agresividad preventiva” en que estamos atrapados. Esto tiene que detenerse. Es imprescindible que quienes podamos contribuir a crear mejores condiciones de convivencia hagamos un alto y nos dispongamos a hacer el esfuerzo extra necesario, a reenfocar nuestras formas de solución de las tensiones y conflictos, así como nuestros criterios a la hora de reaccionar frente a situaciones de la vida diaria. Tenemos que reeducarnos.

Todavía estamos a tiempo, pero no es que tengamos demasiado holgura para seguir desentendiéndonos de esta situación: si no tomamos cartas en el asunto la tendencia a resolver el conflicto que nos plantea la desconsideración generalizada mediante la “agresividad preventiva” se va a consolidar y con ella se incrementarán la violencia, la inseguridad y se deteriorará todavía más la convivencia colectiva.

Por Henry Molina.