Vale la pena aplicarlo. Nunca he entendido por qué hay funcionarios que se molestan más cuando se publican sus hechos que por cometerlos.

¿Es decente devolver diatribas e insultos? Dicen los sabios que no, abundar en la defensa acredita la calumnia. Por tanto, prefiero ocuparme con aspectos mal entendidos de la libertad de expresión y de prensa, los desagravios y las réplicas.

Me costó una pila de insultos más grande que el solar de la Asociación de Rehabilitación preguntar por qué la central Punta Catalina sigue apagada. Rehúso contestar diatribas; esos “regalos” no aceptados siguen perteneciendo al dueño. La honorabilidad no se logra insultando, injuriando ni difamando, sino demostrando con actuaciones la cualidad moral para cumplir los deberes con los demás y uno mismo.

El contexto: en una penosa diatriba, sin responder mi pregunta sobre Catalina, un polémico funcionario dedicó una página de periódico para decir que soy “niño malcriado que no se puede controlar”, “experto en infamia”, que escribo “para justificar igualas”, que pedí RD$5 millones al expresidente Fernández para hacerle una biografía (monto de la multa más alta impuesta por ilícitos o irregularidades por la Superintendencia de Valores, precisamente al cacógrafo). Me acusó de “cambiar la historiografía para convertir en héroe a Buenaventura Báez, cuando realmente su registro histórico es de villano, de vendepatria y de ventajista sin honor”. (El jurado del Premio FIL-León Jimenes 2015 unánimemente premió mi biografía del prócer y los lectores agotaron seis ediciones). Dijo “no le conozco dotes de gerente. Creo que nunca ha gerenciado nada, más que un periodicucho”. Se auto conmisera: “tengo años venciendo adversidades, soportando lenguas viperinas, por cierto, de un grupito muy específico al que pertenece José”. ¿Los Tigres del Licey? Aconsejó cuidado a quienes me “aceitan” porque él es un foró acostumbrado a demandar a quienes escriben sus cosas. También dijo que “José ha roto todos los límites” para “la misión que le han encomendado: atacarme, algo que en verdad me resbala”. ¡Ay si le picara!

Amigos y familiares me han sugerido darle su propia medicina: demandarlo. No vale la pena. En creer que honra u honor se consiguen en tribunales, el fallido experto es él. Además, mi papá siempre me aconsejó no discutir con atronados, acomplejados ni gente que dice “sacrificarse por la Patria”; mucho menos si demuestran excelencia ejerciendo sus condiciones.

Desagravios

Algunos directores rehusan los desagravios por barrabasadas alegando que ejercen con respeto escrupuloso por la libertad de expresión y por tanto basta ofrecer un “derecho a réplica”. La obsecuencia dirigida hacia cualquiera distinto al lector dificulta ver agravios al publicarlos. ¡Ei pipo! Si publicar insultos no constituye agravio, “ofensa a la fama o al honor” y “perjuicio hecho a alguien en sus derechos”, entonces confieso no saber qué es un agravio. Sí conozco qué son la injuria, difamación y responsabilidad.

Mi libro “Diatribas”, sobre polémicas mediáticas publicado en 2013, lo envié dedicado cariñosamente al funcionario ocupado hoy con difamarme e injuriarme por WhatsApp y otras vías, tras su triunfo judicial contra colegas radiales suyos.

En la tapa cito a Diderot: “todas las cosas deben ser examinadas, debatidas, investigadas sin excepción y sin consideración a cómo pueda alguno sentirse por ello”; y Mencken: “El periodismo es predominantemente vil y despreciable. Sus pretensiones son enormes, pero sus logros insignificantes”.

Sindéresis

La falta de sindéresis y decencia permea el ejercicio periodístico, así como la estupidez las redes sociales. Estúpido es aquel necio, porfiado, ignorante y falto de inteligencia o destreza, que en redes como Twitter exhibe desnuda su cualidad como pavo real de plumas raídas. También hay añépidos…

Por ejemplo, en defensa de su cliente (o sea escribiendo por paga), un abogado se ingirió zafiamente en una conversación sobre la referida multa de RD$5 millones, diciendo: “arrancó el ‘francotirador’ (malo por demás) que ha vivido siempre del Estado”.

Respondí: “Jamás he vivido del Estado, ni pedido cargos, ni instalado subestaciones, ni sufrido multas de RD$5 millones, ni quebrado EDEs, ni descontado facturas, ni borrado RD$158 millones de deudas, ni dañado plantas, ni insultado ni difamado”. Descalificar, amenazar, insultar, injuriar, difamar, no es propio de caballeros ni plebeyos que invoquen ser honorables. Ni respuesta a argumentos…

Atacar personalmente al percibido adversario para descalificarlo, sin responder al tema debatido, nunca ha funcionado más que como ingrediente del morbo y el ludibrio. Es argucia de intrigantes, técnica nazi de dictadores.

Quien quiso insultarme dice admirar a Franklin Roosevelt. Este dijo: “La confianza requiere honestidad y honor, considerar las obligaciones como sagradas y un desempeño público sin interés propio”. Vale la pena aplicarlo. Nunca he entendido por qué hay funcionarios que se molestan más cuando se publican sus hechos que por cometerlos.

Catalina costó US$2,500 millones y genera 30 % de la demanda eléctrica: es legítimo tema público. Su discusión no amerita tan pobre reacción del hipersensible funcionario encargado. Explicar, convencer, debatir y conversar, no avasallar como políticos acostumbrados a “chubar” por trasmanos manadas de “bots” y gansos, convendría al gobierno que dice defender. Es inútil seguir desenterrando peñones por el enfermizo gozo de tropezar con ellos. Por más que insulte, ¡dañó a Catalina!