Leyendo estas historias, solo le queda a uno parafrasear, impotente y resignado, como Hamlet: “¡Ay, Horacio! Hay más cosas extrañas en el cielo y en la tierra de lo que imaginan tus filósofos”.

Cuenta Carl Jung que un día estaba en su consulta psiquiátrica una joven mujer, quien le relató que ella soñó que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras ella contaba el sueño, Jung estaba sentado de espaldas a una ventana cerrada. De repente, Jung oyó detrás un ruido como si algo golpeara suavemente la ventana. Cuando Jung se voltea, vio que era un escarabajo dorado que chocaba con la ventana, el cual recogió e inmediatamente entregó a la paciente.

A raíz de esta experiencia, Jung comenzó el estudio de lo que él denominó las “coincidencias significativas” o el fenómeno de la sincronicidad: la intuición de que detrás del supuesto caos de la vida cotidiana hay un orden misterioso, que no es casual pero tampoco causal. Es, como nos recuerdan Louis Pauwels y Jacques Bergier en “El retorno de los brujos”, lo que llevó a Napoleón Bonaparte a escribir en un cuaderno escolar: “Santa Elena, pequeña isla”. La isla en la que el emperador moriría desterrado muchos años después.

Más curiosa y perturbadora es la célebre historia protagonizada por Anthony Hopkins. Un día, regresando de las librerías donde no pudo adquirir la novela “La chica de Petrovka”, del escritor George Feifer, que se encontraba agotada y la cual necesitaba para prepararse para actuar en la versión cinematográfica de la misma, tomó el metro y, al sentarse, advirtió que habían dejado abandonado un ejemplar viejo y anotado de la novela. Dos años después, rodando ya la película, conoció al autor de la novela y este le contó que había prestado a un amigo su ejemplar de la novela anotado pero que el amigo lo perdió en el metro. Hopkins le enseñó el ejemplar que encontró y era el mismo ejemplar que había perdido Feifer.

Vinculadas con las coincidencias significativas o quizás expresión del mismo fenómeno son las  “serendipities”, traducidas en español como “serendipias”, lo que los franceses llaman “heureux hasards” y que, en criollo dominicano, como nos recuerda José Baéz Guerrero, son un “hallazgo cheposo” o una “chepa feliz”. Un ejemplo de chepa feliz sería la historia de Alexander Fleming quien descubrió la penicilina por “casualidad” en 1928 cuando trabajaba con cultivos de bacteria y, al regreso de sus vacaciones, notó que sus muestras se cubrieron de un hongo de la cepa Penicillium notatum, que destruyeron las bacterias.

Sin embargo, la más curiosa de las coincidencias significativas es la del rey Humberto I de Italia quien, en 1900, estuvo cenando en un restaurante cuyo dueño había nacido en el mismo día y ciudad que el rey, además de ser muy parecido a él físicamente. Ambos se casaron el mismo día y con una mujer del mismo nombre. El dueño del restaurante había abierto el establecimiento el mismo día en que Humberto I de Italia fue coronado monarca. Tantas eran las increíbles coincidencias que el rey le invitó a un campeonato de atletismo que se celebraba al día siguiente. En el mismo instante en que comunicaron al rey que su doble había sido asesinado a balazos, el anarquista Bresci le disparó ocasionándole la muerte.

Leyendo estas historias, solo le queda a uno parafrasear, impotente y resignado, como Hamlet: “¡Ay, Horacio! Hay más cosas extrañas en el cielo y en la tierra de lo que imaginan tus filósofos”.