Hace 30 ó 40 años apenas se concedía un mínimo de atención a quienes postulaban por políticas de equiparación de oportunidades entre hombres y mujeres. Pasadas las décadas, desde hace poco más de diez años, se ha comenzado a promulgar y poner en marcha legislaciones y políticas públicas que no se han limitado a la declaración de intenciones en la búsqueda de igualdad de oportunidades sino que mediante cuotas, estímulos y otras medidas de acción afirmativa han pretendido establecer situaciones que garanticen el incremento de la participación femenina en todos los roles sociales.

Cada día más, la intuición, la experiencia y diversos estudios científicos nos sugieren que de lo que se trata no es de equiparación, de cuotas ni de equidad entre hombres y mujeres: lo que hace falta es feminizar la sociedad, la política y la gestión.

La reciente crisis económica, que arruinó cientos de empresas financieras y, por sus consecuencias, miles de otra naturaleza, ha sido identificada como una crisis de testosterona: http://www.gutierrez-rubi.es/2010/08/24/crisis-y-liderazgo-femenino/.

Hay psicólogos y sociólogos que sostienen que es imprescindible feminizar la sociedad para que ésta se haga más sensible, educada y empática. Una consecuencia inmediata será la reducción de la agresividad y la violencia, que han alcanzado niveles superiores a los necesarios en términos biológicos.

Feminizar la sociedad equivaldría a aceptar y fomentar la sensibilidad y las emociones como aspectos esenciales e imprescindibles del ser humano, estrechamente ligados a la inteligencia. Ya sabemos, con Eduard Punset, el rol imprescindible jugado por las emociones en la evolución y la actualidad de la humanidad.

Feminicemos la sociedad, la gestión y la política: abramos un espacio mayor a la posibilidad de ser humanos, superando los fracasos a que nos ha conducido la irracionalidad machista. Aprendamos a ser más sensibles, educados y empáticos. No tenemos nada que perder.

Por Henry Molina