Mi tío-abuelo Pin decía que hasta los relojes rotos aciertan dos veces cada 24 horas. Este miércoles la naturaleza nos regaló una metáfora similar: uno de los dos días al año en que el sol, al alcanzar una posición cenital, o sea exactamente en el centro del punto más alto de la ilusoria bóveda celeste perfectamente perpendicular al punto de observación, no proyecta ninguna sombra lateral, pues por un instante está justo encima de todo.

Mi tío-abuelo Pin decía que hasta los relojes rotos aciertan dos veces cada 24 horas. Este miércoles la naturaleza nos regaló una metáfora similar: uno de los dos días al año en que el sol, al alcanzar una posición cenital, o sea exactamente en el centro del punto más alto de la ilusoria bóveda celeste perfectamente perpendicular al punto de observación, no proyecta ninguna sombra lateral, pues por un instante está justo encima de todo.

La perfecta verticalidad solar dura apenas un instante en cada lugar, pero los 365 días de cada año siempre hay dos ocasiones como esta en algún punto entre los trópicos de Cáncer y Capricornio. El fenómeno astronómico, como ocurre dos veces al año cada año desde que existe este planeta, pasa mayormente desapercibido.

Pero me pareció una hermosa manera de la naturaleza o del Creador recordarnos que hasta el astro mayor, cuya luz es cegadora, tiene momentos en que no proyecta ninguna sombra y bajo su calor todos lucimos iguales, sin ninguna huella umbrosa en derredor.