Nunca creo esas teorías políticas fantasiosas que atribuyen los picos de criminalidad a un propósito distinto que los robos mismos.

Hace tres años fui asaltado a punta de pistola. El señor ladrón me robó un reloj y un anillo. A raíz de ello, pude ver de cerca cómo operan las investigaciones policiales. Me asombró que oficiales cuyos salarios merecen mejorarse, mostraban orgullosamente en sus muñecas relucientes piezas de colección cuyos precios más que triplican sus sueldos anuales.

Una fina línea separa la ley y el orden de la criminalidad y delincuencia, trátese de asaltos en calles, semáforos, tiendas o casas, o la “administración” de puntos de drogas o su tráfico a mayor escala. Según el modus operandi, el sector de la ciudad y lo que roban o trafican, estos expertos policías conocen con admirable precisión cuáles personas o bandas deben contactar para “solucionar” cada caso.

Nunca creo esas teorías políticas fantasiosas que atribuyen los picos de criminalidad a un propósito distinto que los robos mismos. Pero parece innegable que la Policía, pese a todos sus muchos peros, sí puede combatir más eficazmente esta ola de asaltos que ahoga a la ciudadanía.