El ejercicio político dominicano no es concebible ni funcional sin un escarseo en torno a la Junta Central Electoral.  Nunca faltan obsesiones, fantasías, demonios alados merodeando el centro de cómputos, el padrón, la boleta, la transmisión de la data o la urna.

La élite de los partidos no cesa de volver al punto de partida, como desandando en la historia. El retrato sicológico que hace Enrique Patín de la sociedad dominicana lo dice todo: Le damos sentido colonial a nuestras cosas políticas, sociales o nacionales.

La cuestión ahora es que o se va Franklin Frías o que entre el mar. Esta postura me remite a una segunda fotografía social hecha por el pensador puertoplateño José Ramón López, para quien la doblez, que según él nos caracteriza, se expresa en un temor constante de salir mal librado en todas las relaciones.

La sensación de que siempre nos quieren “hacer coca” es una patología social, pero la tosudez, la resistencia al consenso y la inflexibilidad, que circularmente perviven en la Junta, devela  una vocación perversa por vencer en lugar de convencer.

Pudiésemos situar el pensamiento de López  en lo unilateral y reduccionista, pero nada es más cierto que buscamos con afán aniquilar al contrario antes que desarrollar argumentaciones para provocar un cambio de concepción.

No apelo a la anulación de la crítica ni al conformismo que, en la visión de Rafael J. Castillo, nos presenta como seres que aceptan sin protesta su suerte.  La Junta debe vivir como la  mujer del César: ser seria y también aparentarlo.

Pero nuestros políticos necesitan trabajar más la higiene mental, ser promotores de confianza y de serenidad. Jacques Atallí lo dijo en forma tajante: Si no creemos en las instituciones  que fundamos, no hay forma de avanzar.