A Heriberto Morrison

En los Juegos Olímpicos, celebrados por primera vez cerca de 800 años antes de Cristo, en Olimpia, Grecia, no hay igualdad ni equidad durante las competencias que por lo general las ganan los atletas de países grandes y desarrollados.

Ningún país del llamado “Tercer Mundo” ha ganado unos Juegos Olímpicos en la etapa moderna. De los 50 países con destacada participación sobresale la pequeña y diminuta Cuba, que se encontraba –hasta los juegos de Rio de Janeiro- en el puesto 19 con 208 medallas; 72 de oro, 67 de plata y 69 de bronce. Muy distante, por supuesto, de Estados Unidos el país con más victorias del mundo con dos mil 298; mil 72 de oro, 859 de plata y 750 de bronce, las que aumentará cuando termine la jornada de Brasil. Le siguen la antigua Unión Soviética, Gran Bretaña, China, Italia, Francia Alemania, Hungría, la ex Alemania Oriental y Suecia.

(La Unión Soviética y Estados Unidos durante la guerra fría se disputaban la primacía política, económica, militar, cultural y sino deportiva)

A pesar de que más de 200 países participan, los primeros lugares por lo general están reservados para esos países, con la excepción de Cuba que fue la quinta potencia deportiva del mundo durante los juegos Olímpicos de la juventud celebrados en Singapur en el año 2010.

Cuando en la República Dominicana se llevaron a cabo los Juegos Panamericanos en el año 2003 en medio de una crisis económica que terminó sacando del poder a Hipólito Mejía y al PRD, me opuse señalando que se trataba de una fiesta de ricos en un país pobre, que no debíamos a embarcarnos en una actividad tan costosa. El gobierno alegó que Leonel Fernández había hecho un compromiso de Estado.

¿Por qué los atletas de los países del “Primer Mundo”, desarrollados, son mejores que los del “Tercer Mundo”, subdesarrollados? La pregunta encierra la respuesta. En esos países hay educación, salud, alimentación, etc., etc., lo cual no ocurre en las demás naciones. A los atletas de primer

nivel no les falta nada. Al contrario, el Estado se lo proporciona todo, incluyendo becas para estudiar en las mejores universidades.

En los países atrasados como el nuestro los deportistas sobreviven miserablemente. Muchos se alfabetizan muy tarde, crecen con deficiencias alimentarias, residen en barrios muy pobres. (No es casual que el “deporte rey” de nuestro país sea el béisbol, que más que un deporte es un pasa tiempo y que las grandes estrellas surjan de los bateyes y los campos más paupérrimos)

No puede haber igualdad en la competencia entre un joven pasando hambre en un cinturón de miseria de los que bordean las ciudades, abandonado por el gobierno, y otro alimentado por el “Imperio Gerber” (Compotas, cereales, etc.) protegido por el Estado para que nada le falte antes, durante y después de sus entrenamientos y de su participación en competencias nacionales e internacionales. En esos países el deporte es un derecho humano fundamental al que le dedican mucho tiempo y muchos recursos económicos.

Brasil, con 16 millones de personas viviendo en la extrema pobreza, con tantas limitaciones, en medio de una crisis política tan grave, no debió darse el lujo de gastar más de 30 mil millones de dólares en el montaje de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Es un absurdo, una ignominia. “Eso llora ante la presencia de Dios”.