La verdad es que la historia no puede programarse. Lenin no pensó el 26 de febrero de 1917 que su partido tomaría el poder en octubre de ese año; en 1957, ningún líder comunista cubano soñaba, siquiera, que Cuba iba a ser un país socialista cuatro años después.

 

Pareciera que 42 años después es una historia de ficción si no fuera porque quedó registrada en fotos, diarios y libros, pues es verdad que sucedió en el mes de mayo de 1979 cuando faltaba un mes para que Juan Bosch cumpliera 70 años de edad el 30 de junio. Estuve yo también presente en este encuentro que días después el escritor y expresidente Bosch relató así en Vanguardia del Pueblo, cuya dirección estaba a mi cargo en mi calidad de Secretario de Información del Partido de Juan Bosch.

Escribió el Maestro Juan Bosch:

“Política e Historia”

El 29 del pasado mes de mayo estuvo de visita en nuestra casa uno de los hijos de Robert F. Kennedy, aquel hermano del presidente Kennedy que fue asesinado en 1968 cuando se dedicaba a hacer en California campaña política con el propósito de ganar la candidatura presidencial por el Partido Demócrata.

El joven Kennedy llegó a vernos acompañado por un periodista del diario The New York Times, y en la última parte de la charla de hora y media que sostuvimos con la mediación del compañero Víctor Grimaldi y de Roberto Alvarez, ex- funcionario de la OEA en Washington, que hicieron con eficiencia y gentileza el papel de intérpretes, tanto el sobrino de John F. Kennedy como el periodista que viajaba con él quisieron saber qué pensábamos nosotros acerca del porvenir político de los países latinoamericanos; si creíamos que en algún momento iba a repetirse una revolución como la de Cuba, y en caso de que lo creyéramos, cuándo y dónde empezaría. Pero la pregunta iba más allá de ese tema porque incluía el propósito de averiguar si a juicio nuestro podía ser bueno para los pueblos de la América Latina un gobierno como el cubano, o el de cualquier país capitalista, en el cual no pueden elegirse cada cierto tiempo nuevos gobernantes. Por lo visto los jóvenes visitantes no recordaban que en este complejo mundo en que vivimos hay lugares, como algunos países de África, donde no se sabe qué cosa es eso de elegir funcionarios y otros de América Latina, como es el caso de Chile, donde el presidente de la República, elegido con todas las de la ley, es asesinado por soldados que obedecen órdenes de sus generales y de otros gobiernos a pesar de que nada autoriza ni a unos ni a otros a dar muerte a ciudadanos de su país, y mucho menos a los que recibieron mandato constitucional para gobernar.

Las dos preguntas parecían corresponder a temas muy distintos e incluso a experiencias políticas que no tenían entre sí ninguna relación, y sin embargo en la historia de los Estados Unidos, una historia que los jóvenes visitantes deben conocer mejor que nosotros, hay por lo menos ejemplos que responden a esas preguntas, y las dos tienen un origen común: la esclavitud africana.

Los Estados Unidos era un país esclavista desde antes de declararse independiente de Inglaterra; es más, entre los que podrían llamarse los padres de la patria norteamericana había varios que tenían esclavos; tal era el caso de George Washington y de Thomas Jefferson, que fueron el primero y el tercero de los presidentes de la República, y como nos enseña la historia, esa República, la de los Estados Unidos, fue la que inició en el mundo el desfile de los que iban a llamarse en este siglo países democráticos representativos, y por esa razón debió encabezar también el de los que iban a abolir en sus territorios la esclavitud africana.

No hay historias iguales

Veamos ahora lo que parece una incongruencia histórica: Los Estados Unidos declararon su independencia el 4 de julio de 1776 y Haití la proclamó el 1º de enero de 1804, osea, veintiocho años después. En esos veintiocho años ningún otro país de la Tierra se organizó como Estado republicano, de manera que Haití pasó de colonia francesa que era, con una población esclava de alrededor de medio millón de personas, a ser la segunda república del mundo, pero no una república con esclavos, como era la de Norteamérica, sino de esclavos que habían conquistado su libertad en una guerra que había durado trece años. En buena lógica, la esclavitud debió desaparecer en los Estados Unidos veintiocho años antes que en Haití; pero la liberación de los esclavos norteamericanos se inició cincuenta y nueve años después que se hizo la de Haití, cuando mediante la histórica Proclama de Emancipación del presidente Abraham Lincoln se les dio libertad a unos 200 mil de los algo más de 4 millones de esclavos que tenía el país en el 1860, un año antes de que comenzara la Guerra de Secesión; y fue después de haber terminado esa guerra en 1865 cuando la más vieja república democrática del mundo ordenó, con la Enmienda Nº 13 a la Constitución, que la esclavitud quedara prohibida en todo el territorio norteamericano.

Dijimos hace poco que la guerra de liberación haitiana fue larga, pero militarmente tuvo más importancia la que llevaron a cabo los estados norteamericanos esclavistas del Sur contra el gobierno central o federal, que es su denominación), comenzada el 12 de abril de 1861, que iba a durar cuatro años, hasta el 18 de abril de 1865. Debemos advertir, aunque parezca que esa advertencia está de más, que si esa guerra provocó el inicio de la abolición de la esclavitud y a su final la esclavitud vino a quedar abolida por mandato constitucional, ella no fue obra de los esclavos, como lo fue la de Haití. Quienes comenzaron y mantuvieron todo el tiempo la llamada Guerra de Secesión o Civil fueron los blancos dueños de esclavos, la oligarquía propietaria de grandes plantaciones de algodón en los once estados esclavistas del Sur que se sublevaron contra el gobierno de Lincoln y desde el primer momento se organizaron como Estado aparte con el nombre de Confederación de Estados de América, con su presidente y su ejército. El resultado de esa guerra fue la abolición de la esclavitud, pero los esclavos no combatieron por su libertad y la guerra no se hizo para darles a ellos la libertad sino para todo lo contrario, para evitar que el gobierno de Abraham Lincoln aboliera la esclavitud.

¿Por qué los hechos históricos que dieron fin a la esclavitud en Haití no produjeron el mismo resultado en Norteamérica?

O si hay algún lector que prefiera la pregunta en otro orden, ¿por qué la guerra de los colonos de América del Norte contra el gobierno inglés no condujo a la liberación de los esclavos africanos junto con el establecimiento de los Estados Unidos?

La pregunta que nos hicieron el hijo de Robert F. Kennedy y el periodista que lo acompañaba fue en esencia cualquiera de las dos que acabamos de exponer, y en rigor, fue una síntesis resumida de las dos; y en la respuesta que les dimos les explicamos que aunque la historia obedece a leyes generales, no sigue reglamentos que deben ser cumplidos frase por frase porque la historia es un producto social, elaborado en cada caso por una sociedad determinada, y como no hay dos sociedades iguales, que se hayan formado en un mismo territorio y en un mismo tiempo histórico bajo presiones idénticas, no puede haber dos historias iguales. Las hay, eso sí, y a veces más de dos, que se parecen mucho, que llegan a ser similares o semejantes en sus resultados pero no son iguales en el proceso de desarrollo y por tanto no pueden ser iguales en sus episodios fundamentales. El aspecto republicano con que se organizó el Estado norteamericano desde 1789 tardó casi un siglo en ser imitado en Francia, cuya revolución empezó en ese año 1789, y no se ha seguido todavía en Inglaterra, Holanda, Bélgica, Dinamarca, países donde sin embargo la llamada democracia representativa ha alcanzado en muchos puntos niveles a que no ha llegado la de Norteamérica.

Cuba es un país socialista como lo es la Unión Soviética, como lo son Polonia y Viet Nam, ¿y en qué se parecen las historias de esos países, no sólo las anteriores al momento en que cada uno de ellos proclamó el gobierno de la dictadura del proletariado, sino también las historias de sus regímenes socialistas?

La historia no se programa

La Unión Soviética y Cuba hicieron sus revoluciones sin ayuda de nadie, la primera, mientras transcurría la guerra mundial de 1914-1918, en la que se vieron envueltas las mayores potencias militares del mundo, incluyendo en ellas la propia Rusia, que era como se llamaba antes de la Revolución Rusa el país que ahora se llama Unión Soviética. La Revolución Rusa no sólo no pudo recibir ayuda de ningún país sino que, al contrario, en medio de la Revolución el territorio ruso fue invadido por tropas francesas, inglesas, japonesas, norteamericanas, finlandesas, polacas, alemanas; y en cuanto a la Revolución Cubana, es cierto que recibió pequeñas ayudas de armas que le llegaron de países del Caribe, pero esas armas no podían compararse, siquiera, con el arsenal que tenía a su disposición el gobierno de Fulgencio Batista. Desde otro punto de vista, la Revolución Rusa fue hecha por centenares de miles de hombres y mujeres, que combatieron durante años contra los ejércitos del Zar y los de los contra revolucionarios rusos así como contra los de varios países europeos, el Japón y Norteamérica, y la Revolución Cubana fue llevada a cabo, en sus inicios, por un grupo que no llegó en ningún momento a ser superior a cien hombres, y luego por la docena de expedicionarios que se internaron, bajo el mando de Fidel Castro, en la Sierra Maestra; y además, si la Revolución Rusa fue hecha por el Partido Bolchevique, que desde el primer momento proclamó de manera abierta que su papel en la historia era establecer la dictadura del proletariado en Rusia, la de Cuba fue realizada por un grupo que pretendía poner en vigor la Constitución democrática de 1940, que no se apoyaba en un partido marxista-leninista y que desembocó en marxista porque sólo bajo ese signo podía sobrevivir a la amenaza de aniquilamiento que le llegaba desde Washington.

Dos días después de haber recibido la visita del joven Robert Kennedy y de su acompañante nos dimos a la tarea de terminar la lectura del libro Carta a los comunistas, en el que su autor, el joven y brillante escritor francés Régis Debray llama la atención del Partido Comunista de su país por lo que él califica de incapacidad de ese partido para tomar el poder, y en la página 200 hallamos estas palabras: “Se programa una máquina, pero no el curso vivo de las contracciones políticas y sociales que ponen a la sociedad en estado de agitación… no se programa una transición sociopolítica… Ni del capitalismo al socialismo ni del socialismo al comunismo…”. A seguidas Debray recuerda que en el 1960, en el XXII Congreso del Partido Comunista soviético, Kruschev presentó un informe detalladísimo en el que explicaba cómo y por qué laUnión Soviética llegaría al comunismo en el 1980.

La verdad es que la historia no puede programarse. Lenin no pensó el 26 de febrero de 1917 que su partido tomaría el poder en octubre de ese año; en 1957, ningún líder comunista cubano soñaba, siquiera, que Cuba iba a ser un país socialista cuatro años después. Y en cuanto al derecho a cambiar el gobierno con votos cada cierto tiempo, les recordamos a nuestros visitantes que en los Estados Unidos hubo millones de personas que no votaron nunca y millones de sus descendientes sólo pudieron hacerlo en la segunda mitad de este siglo. Fueron los esclavos, sus hijos, nietos, biznietos y tataranietos. Durante cerca de doscientos años, para esos no hubo derechos democráticos.