La visita del papa Benedicto a México y Cuba no llevó nada nuevo y sí mucho desaliento a los millones de ciudadanos de ambos países por su injustificable negativa a recibir a las víctimas de los curas y monjas pederastas en el primero y a los disidentes y las Damas de Blanco en el segundo.

En el caso de las violaciones sexuales a menores, su actitud obedeció probablemente al propósito de evitar que el encuentro reviviera situaciones muy conflictivas y desviara la atención pública sobre experiencias que la Iglesia desea sepultar y sobre las que se ha visto obligada a pagar indemnizaciones por más de dos mil millones de dólares a nivel mundial.

Los familiares de las víctimas han expresado su enojo por la actitud del Pontífice y rechazado el calificativo de “agresividad” que el cardenal Federico Lombardi, vocero del Vaticano, les diera a quienes intentaron sin éxito que Benedicto escuchara y consolara a aquellos que sufrieron por años las aberrantes violaciones del padre Marcial Maciel, fundador de la orden de los Legionarios de Cristo, con el aparente consentimiento o complicidad de los obispos aztecas y sus superiores.

En Cuba, el rechazo del papa a reunirse con la disidencia y las Damas de Blanco tuvo evidentemente un matiz político. Quedó demostrado en el mensaje leído ante miles de feligreses en Santiago de Cuba, tras su llegada a la isla, en el que si bien se refirió a “las justas aspiraciones y legítimos deseos de todos los cubanos, dondequiera que se encuentren”, no hizo referencia alguna a la situación que confrontan los opositores al régimen, como tampoco a la de los “presos políticos”, como hiciera su antecesor Juan Pablo II en su visita a Cuba, según resaltara la prensa internacional.

Un silencio a cambio de mayor espacio y privilegios para la Iglesia en la isla. No olvidemos que el jefe del catolicismo, tanto como líder espiritual, es también un jefe de Estado.

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@GuerreroMiguele