Con la pretendida finalidad de evitar roces e insultos en la campaña electoral, organizaciones de la sociedad civil y la Iglesia Católica han planteado la necesidad de dejar fuera del debate político algunos de los temas más importantes; el de la corrupción, por ejemplo.

Si bien el respeto que deben tenerse los candidatos y el liderazgo político es esencial a la buena y armoniosa marcha del proceso, tan buenos deseos pudieran echar a rodar la excepcional oportunidad de poner en claro la real dimensión del más grande problema de la nación.

Cuando en el país se habla de prioridades, saltan a relucir de inmediato los temas de la educación, la salud, el medio ambiente y la seguridad ciudadana.

Pero muchas veces pasamos por alto que una de las causas del legendario fracaso nacional para alcanzar las metas anheladas en cada uno de esos sectores fundamentales, es la terrible y cada vez más intensa corrupción que corroe los cimientos de la sociedad y convierte a los gobiernos en instrumentos de enriquecimiento ilícito de los clanes en el poder.

Todo eso nos enseña que a menos que se enfrente con energía ese cáncer social y se sancione severamente a los responsables, sin importar qué lugar ocupen en el gobierno, el Congreso, la Justicia, los medios y el sector privado, aquí no habrá buena educación ni el 4% como indica la ley para el sector, los hospitales continuarán siendo almacenes de enfermos y seguirá haciéndose con el patrimonio público lo que siempre se ha hecho.

De manera pues que dejar a un lado el tema de la corrupción, con el pretexto de evitar ofensas de campaña, es negarle al país el legítimo derecho de conocer a fondo la causa fundamental de todos sus males e institucionalizar de hecho la impunidad que eterniza la corrupción.

Un “pacto de civilidad” bajo esas condiciones no tendría valor alguno. Olvidarnos del tema, sacándolo del debate, sería la peor de las decisiones.

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@GuerreroMiguele