¿Qué piensa usted de Leonel Fernández?, me preguntó, así de sopetón, un parroquiano en un pasillo de supermercado. Acostumbrado a hacer las preguntas, como parte de mi oficio de periodista, me sentí incómodo al tener que responder aquella.

El Presidente es un hombre muy inteligente, pausado, prudente, con un enfoque moderno del futuro. El tipo me interrumpió: ¿Por qué no lo dice en su columna? Claro que lo he dicho, le respondí. Sólo que con otras palabras, y a veces de la manera en que lo estoy haciendo ahora.

De pronto me di cuenta que era el dueño de la situación. El hombre no me quitaba el guante de la cara: Pero usted es un crítico de su gobierno. Por supuesto, le contesté, y con ello creo hacer una contribución.

Al igual que funcionarios y dirigentes oficialistas, muchos lectores creen que las críticas a medidas gubernamentales, sea ya en el área económica como en cualquiera otra esfera de la administración, constituyen formas de oposición a ultranza.

Aunque parezca inocente decirlo de mi parte, pertenezco a esa clase de periodista en extinción que aún confía en la crítica y en el ejercicio de un periodismo independiente como útiles a la sociedad y como un aporte al fortalecimiento de la práctica democrática.

Uno de los peores vicios de nuestra vida institucional ha sido la tendencia al culto de la personalidad que usan los aduladores en busca de fortuna y que tienden a sustraer a los gobernantes de lo que ocurre a su alrededor. De manera pues que un Presidente como Fernández no necesita de elogios.

La crítica, cuando no está inspirada en intereses con los que él, como cualquier otro gobernante, está obligado a enfrentar, puede ser una amiga confiable. El ojo que le permita ver lo que el círculo que lo endiosa le oculta para su propio y único provecho.