A propósito de las referencias religiosas que escuchamos a diario de los candidatos presidenciales, con muy pocas excepciones, y las de finales de la campaña del año 2008, como aquella del presidente Fernández elevándose en el teleférico para alcanzar al Cristo Redentor, la referencia de un viejo reformista sumado a la reelección de que el mandatario había levantado al país como Cristo a Lázaro de su tumba, y la del señor Aristy Castro agradeciendo a Dios y a la Virgen de la Altagracia por todo lo que es y posee, entre otras, me viene a la memoria una anécdota sobre Trujillo relatada por Joaquín Balaguer en su libro “La palabra encadenada”.

Al referirse al carácter mesiánico del tirano como hombre de Estado, el fenecido líder reformista cuenta que algunos años antes de la muerte del tirano, hacia finales de 1956, hubo una reunión en el Palacio Nacional a la que asistieron varios colaboradores de aquél régimen en la que se trató el tema de las relaciones con la Iglesia.

Varios de los asistentes, según Balaguer, comentaron la encíclica más reciente del Papa Pío XII, y el más entusiasta, Rafael Paíno Pichardo, se refirió a la sagrada misión del Pontífice en la tierra como Vicario de Cristo.

Con el propósito de halagar al déspota como lo exigía la época, agregó que Trujillo era el representante de Dios en República Dominicana, tal y como lo era el Papa ante el mundo católico.

“Trujillo”, escribió Balaguer, “sorprendido y acaso desagradado por aquella comparación bombástica, interrumpió al disertante, exclamando con ademán autoritario: No señor, a quien yo represento aquí es a Satanás”. Balaguer señala que esa fue tal vez la única ocasión en la que el pudor del tirano se manifestó espontáneamente “ante una alabanza desproporcionada”.

La tendencia nacional al ditirambo y al elogio desmesurado puede llevarnos a otra época de sombra y terror de manos de un iluminado. No seamos irreverentes, dejemos a Dios fuera de la campaña electoral.

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@GuerreroMiguele