Todos sabemos que dos exoneraciones cada cuatro años fue un esquema concebido para un burdo negocio.

SANTO DOMINGO.- Para la República Dominicana es ineludible impulsar una reforma tributaria.

Estoy convencido que el proceso supondrá sacrificios para la población, al final del día los impuestos se trasladan casi en su totalidad a los consumidores.

Para que tenga algunos niveles de aceptación, aun a regañadientes, la reforma debe procurar unos principios básicos:

1.-Ser lo más equilibrada y justa posible

2.- No presionar a sectores en los cuales la carga fiscal es suficiente y, en algunos casos, ha desbordado los límites.

3.- Una reforma inteligente que capture en sus redes a quienes no pagan, algunos escudados en regímenes de exenciones.

Pero el factor más importante en la reforma tributaria es un mensaje moral desde el Estado, aupado por las fuerzas de los hechos y en ese terreno entran:

-La administración cualificada y transparente de los fondos públicos.

-La eliminación de barbaridades como la exoneración de vehículos a legisladores, que en 10 años ha implicado un sacrificio fiscal de 2,600 millones.

Todos sabemos que dos exoneraciones cada cuatro años fue un esquema concebido para un burdo negocio.

El Congreso no es una casta especial en el Estado; otros servidores importantes no tienen esos privilegios irritantes, sumados al ya alto costo que nos representa mantener a dos cámaras legislativas cuando debería ser una sola.

Un mensaje poderoso, simbólico, emblemático, sería que los funcionarios públicos con depósitos en paraísos fiscales los traigan al país y tributen.

Los impuestos son por naturaleza odiosos, pero si repartimos bien la carga, hay ánimo y legitimidad para sobrellevarlos.