La ineludible presencia del azar es lo que hace esencial en el político y en el hombre de Estado el sentido de oportunidad, el “timing” de los angloamericanos, el “chance” de los franceses.

Cuentan Virgilio Álvarez Pina y Robert D. Crassweller, que, próximo a su ajusticiamiento, la noche del 16 de mayo de 1961, el tirano Trujillo, estando anclado el yate Angelita en el puerto de Barahona, preguntó a quienes le acompañaban en la cubierta de la embarcación: “¿Quién de ustedes será el Judas que me va a vender?”. Anteriormente, en la madrugada del 6 de mayo, fondeada la misma embarcación frente a las costas de Azua, Trujillo sorprendió a sus acompañantes, cuando, con aire de abatimiento, les espetó la siguiente premonición: “Pronto voy a dejarles”. Para el publicista José Cabrera, recientemente fallecido, Trujillo presintió, justo antes de su trágico final la noche del 31 de mayo de 1961, que los “hados del destino” le abandonaban, que, como dice la popular canción de Silvio Rodríguez, “las causas lo fueron cercando, cotidianas, invisibles, y el azar se le iba enredando, poderoso, invencible”.

No hay que ser un confeso destinista como Joaquín Balaguer, ni un fiel creyente en los designios de la Divina Providencia, para entender el rol crucial del destino, del azar o la fortuna en los acontecimientos políticos e históricos. Es lo que explica por qué Tony Raful, en su obra “De Trujillo a Fernández Domínguez y Caamaño, el azar como categoría histórica”, postula que los hechos históricos más relevantes acaecidos en el período 1930-1965 en la República Dominicana, acontecieron como consecuencia del azar, lo impredecible, o “El Cisne Negro” a que se refiere Nassim Nicholas Taleb.

“¿Hasta qué punto es posible domar el albur y evitar que la fatalidad nos aplaste?”, se pregunta Mibelis Acevedo. Sin asumir el azar como categoría político-histórica ni pensar como Balaguer que somos “simples títeres” del destino, el azar puede ser visto, siguiendo a Tucídides, como algo no totalmente incontrolable e imprevisible o, a partir de Maquiavelo, como “la incertidumbre que acompaña a la vida política producto de sus circunstancias” y que favorecería al príncipe siempre que fuese “lo suficientemente prudente como para acomodarse a los tiempos”.

La ineludible presencia del azar es lo que hace esencial en el político y en el hombre de Estado el sentido de oportunidad, el “timing” de los angloamericanos, el “chance” de los franceses. Por eso, el buen príncipe, para Maquiavelo, no actúa siempre del mismo modo. Gracias a la “virtù oportuna”, unas veces deberá ser paciente, otras veces, audaz. Solo adaptándose a las nuevas circunstancias, según se presenten, podrá el príncipe aprovechar la ocasión.

Para Maquiavelo, la ruina de un país se debe a la incapacidad de los príncipes de reaccionar eficazmente ante la adversidad pues, siendo insolentes en la buena fortuna, no tomaron la precaución de prepararse para la mala. Por eso, cuando nos favorece la fortuna se debe actuar como si pronto esta cambiará. Y, cuando enfrentamos tiempos adversos, se debe proceder como si la fortuna no fuese tan determinante. Quien respeta demasiado la fortuna y espera el momento perfecto para actuar, o bien no hará nada o, cuando finalmente actúe, será demasiado tarde. Podemos evitar un inconveniente, pero eso no asegura no caer en otro. Por eso, “la prudencia consiste en saber conocer la calidad de esos inconvenientes y elegir el menor como bueno”. Como diría el siempre lúcido Borges, “aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo”.