Pero “Cocuyo” murió de tantos balazos. “El toro cae, muere, enflaquece, su piel va quedando como cubierta de flores y mariposas amarillas y tornasoladas entran por su hocico y depositan polen”. Eran las siete de la tarde del 15 de junio, el día del gran tiroteo.

Con motivo del lamentable fallecimiento de Marcio publiqué un trabajo evidenciando cómo en tres novelas suyas utilizó tanto sus amplios conocimientos como su vasta experiencia en trabajos de campo en arqueología, para configurar tramas novelescas. Pero, además, varias de sus expediciones arqueológicas devinieron en verdaderas aventuras y utilizó una de ellas para escribir otra novela.

Una de esas expediciones arqueológicas fue a Uvero Alto, hoy lleno de hoteles, pero entonces contaba solo con la rústica casa de recreo del obispo de Higüey, la cual nos ofreció para pernoctar. Monseñor nos explicó que para llegar había que cruzar  una gran finca de la familia Valdés. Lo que no nos dijo fue que deberíamos ir tan solo en época de sequía. Partimos Fernando (“Galeno”) Luna Calderón, Renato Rímoli, José Guerrero, Marcio y yo. Ya anochecía cuando nos quedamos atascados en un gran lodazal y, peor aún, rodeados de toros muy bravos. Discutimos si seguir a pie hasta la playa, pero el consenso fue que no merecíamos morir corneados sin espectadores que presenciaran el sacrificio. Optamos por pedir auxilio tocando la bocina del jeep. Casi agotada la batería y más de una hora después, llegó un campesino quien se excusó por la tardanza ya que había tenido que enlazar al toro “Cocuyo” para que este fuese el que arrastrara el jeep. Eventualmente llegamos a la playa.

Cuando Marcio me entregó el manuscrito de “Ritos de cabaret” para que mi editorial, la Fundación Cultural Dominicana lo publicara, (después de “Materia Prima” fue la segunda novela que le auspiciaría), me advirtió que reconocería a uno de los principales personajes del texto, lo que me extrañó ya que pocas veces he frecuentado cabarets y mucho menos sus “ritos”.

En esa novela, Uvero Alto es: “donde el pasto se riza hacia el sur y donde los caminos se visten del lodo cimarrón y oscuro… allá en las tierras del latifundio permanente, la lluvia de los meses de diciembre había convertido la sabana en un océano en donde solo croaban las ranas que al hacerlo, secaban el trino del Julián chiví, marchitaban el oído atolondrado del ruiseñor palmero y quebraban para siempre el discutido sentido del tacto de las tarántulas o cacatas que escalaban la parte seca de los peñascos, en actitud de Robinsones, mensurando su isla desierta”. Allí un acaudalado señor era dueño de “Cocuyo” padrote de grandes proporciones pero recibió una carta de un tal Hugo Panasco, general brasileño, inquiriendo sobre si era cierto que en Uvero Alto habían toros de raza descendientes de los que el generalísimo trajera de los Estados Unidos cuando en 1955, “bajo el ritmo de la orquesta de Xavier Cugat inauguró la famosa Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre”.

Panasco sería luego nombrado jefe de la Fuerza Interamericana de Paz (FIP) durante la guerra civil de 1965 y a “Cocuyo” había que llevarlo a las cercanías del hotel El Embajador para desde allí ser transportado a Brasil.  Además, la FIP necesitaba carne, por lo que,  junto con “Cocuyo” salieron tres camiones llenos de vacas y toros. No hubo problema en los puestos de control pues se explicaba: “Son para las tropas del general Palmer y hay un cebú para un tal general Panasco”.

Pero entre los empleados del ricachón de Uvero Alto surgió la idea de desviar el ganado para que llegara a la zona constitucionalista, donde se pasaba hambre. Se acordó brincar los obstáculos de los americanos en la Ravelo con Jacinto de la Concha. Tan pronto eso ocurrió los americanos iniciaron un “fuego graneado de ametralladora…  los animales heridos y más aún los sanos se habían desparramado calle abajo… en el trayecto se veían cuerpos de animales casi descuartizados, vecinas que iban con sacos de carne sobre la cabeza; mujeres que se llevaban pieles sanguinolentas”. Se quería capturar vivo a “Cocuyo”, “el de alta testuz, el descendiente de los ruedos minoicos, el digno hijo de hombre y bestia, el minotauro de inteligente pasado, el toro salpicado de canciones, el toro que se enamoraba de la luna y que abandona por la noche la maná, ese toro de amapola y aceituna…”

Pero “Cocuyo” murió de tantos balazos. “El toro cae, muere, enflaquece, su piel va quedando como cubierta de flores y mariposas amarillas y tornasoladas entran por su hocico y depositan polen”. Eran las siete de la tarde del 15 de junio, el día del gran tiroteo.