Lo que cabalmente caracteriza al creador que va a morir pronto es esa juvenil madurez de su obra, que permite suponer que de haber vivido más tiempo se hubiera, en realidad, sobrevivido; que de allí en adelante, el resto de su creación hubiese sido una repetición de lo ya hecho y terminado, cuando no el declive de una prematura decadencia”.

En circunstancias trágicas, Martin Luther King desapareció de este mundo teniendo apenas 39 años, y para muchos, dejó inconclusa su lucha por la igualdad de razas. Partiendo de su muerte a tan corta edad, se me ocurre pensar en Evita Perón, cuyo tránsito hacia el más allá con tan solo 33 años, conmovió al mundo de su tiempo y dio inicio a una veneración mítica que llega hasta nuestros días. Recuerdo también a Elvis Presley, porque al apagársele la vida a sus 42 años, nació una leyenda que aún pervive.

Sorprende escuchar de labios de los amantes del tango la sabia expresión, aunque extraña, de que Gardel supo morir a tiempo. ¿Qué quiere decir esto? Pues que si su deceso no hubiese ocurrido en aquel accidente aéreo en Medellín sin haber alcanzado las cinco décadas de vida, un lento desgaste artístico no le hubiese permitido llegar a ser lo que es y seguirá siendo: un ídolo de dimensión mundial que cada vez canta mejor.

Con menos de 40 años, Marilyn Monroe partió hacia el misterio estando en la cúspide del estrellato, y desde entonces la pregunta sigue siendo la misma: ¿suicidio o crimen? Es absolutamente cierto que con 46 años a cuestas, John F. Kennedy murió joven, pero si aquella bala en la calle Elm de Dallas no le hubiera arrebatado la vida, se le hubiera censurado la escalada de la guerra de Vietnam, la matanza de Indochina, el golpe contra Juan Bosch y sabe Dios qué otra cosa más que se habría erigido en obstáculo para convertirse en ícono en posición de relativa paridad con Lincoln, Washington y Roosevelt.

¿Qué pudiésemos decir de Gustavo Adolfo Becqer, Chopin, Mozart, y en años más recientes, de Bruce Lee, James Dean, Steve McQuenn, Michael Jackson, Whitney Houston y otros tantos? ¿Supieron morir a tiempo? Me inclino por creer que la vida cobra valor supremo, como dijera Ortega y Gasset, “perdiéndola a tiempo”. Gregorio Marañón, médico e historiador español, nos enseña en su obra Elogio y nostalgia de Toledo que “Los seres que desaparecen en plena juventud sin haber hecho nada todavía son ciertamente dignos de que se les crea malogrados, pues nada permite negar que, de haber vivido más, hubiesen realizado la obra que no hicieron.

Mas este adjetivo suele aplicarse a los que, por el contrario, dejan tras sí una obra tan importante que, justamente, nos duele su desaparición pensando en lo que hubiera sido el resto que no llegaron a crear”. Y más adelante agrega: “Es, sin embargo, seguro que en la mayoría de los casos la obra estaba concluida para cuando murieron. Lo que cabalmente caracteriza al creador que va a morir pronto es esa juvenil madurez de su obra, que permite suponer que de haber vivido más tiempo se hubiera, en realidad, sobrevivido; que de allí en adelante, el resto de su creación hubiese sido una repetición de lo ya hecho y terminado, cuando no el declive de una prematura decadencia”.

En efecto, además de consumir más codeína, a Elvis le esperaba un desgaste progresivo y un languidecer miserable. Marilyn tampoco hubiese seguido siendo el símbolo sexual que alcanzó estatura universal con las líneas adorables de su cuerpo cimbreante y armonioso, ya que con los años le esperaba la flacidez de la carne y las arrugas del rostro, tal como sentenció aterradoramente el poeta Jorge Manrique: “Decidme, la hermosura, la gentil frescura y tez de la cara, la color y blancura, cuando se viene la vejez, ¿quién la para?”.

Y el rey del pop, ¿hubiera tenido espacio para afianzar su parcela en la gloria de la música? Mucho lo dudo, pues de haber seguido vivo aquel ídolo que atrapó la atención mundial, seguiría ingiriendo benzodiacepina y protagonizando episodios vergonzantes con menores de edad. Es cierto que la despedida prematura produce una sensación de grandeza entre genios que han dejado para la posteridad una obra magnífica, mas estoy completamente de acuerdo con Marañón, sobre todo en aquello de que constituye una suprema tontería llamar malogrados “a los hombres de vida corta y colmada. Su curso vital es rápido, pero completo. Su muerte ocurre precisamente al final de la curva creadora y el fin, por precoz que sea, tiene un sentido justo, de accidente natural, incluso cuando ocurre por modos violentos”.