Quién no ha escuchado la expresión lapidaria y reiterativa, “La juventud está perdida!”, “¡Los jóvenes de hoy no tienen nada en la cabeza!”.

La Organización Mundial de la Salud define a la adolescencia como el período de crecimiento que se produce después de la niñez y antes de la edad adulta, entre los 10 y 19 años.

Es una etapa de nuestras vidas que al parecer, cuando la pasamos nos olvidamos que fuimos en algún momento la juventud del pasado. Se queda en el más profundo y olvidado recuerdo de nuestra consciencia y no empatizamos con una etapa que no es eterna, que es de transición, de aprendizajes, de experimentación y en muchos de los casos de determinación para el futuro, y por tal motivo es tan incómoda en la mayoría de los casos para el individuo y para su entorno; porque es como creer que sabes todo pero al final no sabes nada.

Pero si ya de por si como adultos sentimos miedos e incertidumbre por la situación actual que estamos viviendo por el Covid-19, que son hasta cierto punto normales ante tal situación. ¿Qué percepción debe experimentar un o una adolescente?

Un reciente sondeo realizado por UNICEF muestra que la crisis del COVID-19 ha tenido un importante impacto en la salud mental de las y los adolescentes y jóvenes de Latinoamérica y el Caribe.

El sondeo rápido amplificó las voces de 8.444 adolescentes y jóvenes de 13 a 29 años en nueve países y territorios de la región. El reporte da cuenta de los sentimientos que enfrentaron en los primeros meses de respuesta a la pandemia y la situación en el mes de septiembre.

Su percepción sobre el futuro se ha visto negativamente afectada, particularmente en el caso de las mujeres jóvenes quienes han y están enfrentando dificultades particulares. 43% de las mujeres se siente pesimista frente al futuro frente a 31% de los hombres participantes.

La estigmatización que existe de por sí ya dice mucho de nosotros mismos los adultos. Quién no ha escuchado la expresión lapidaria y reiterativa, “La juventud está perdida!”, “¡Los jóvenes de hoy no tienen nada en la cabeza!”.

Cuando decimos esas expresiones lo decimos desde la comodidad de la adultez y desde el olvido de que pasamos por la juventud. Miremos atrás y pensemos cómo éramos, cómo fuimos y lo que somos. Todo pasa en esta vida y es injusto no apostar por los adultos del futuro. Tener empatía en ese proceso y acompañarles desde el respeto es fundamental para ellos, para todos y todas, ya que es vital para la vida social compartida porque no todo está perdido, puede que mal enfocado y no hagamos un ejercicio de solidaridad con los que ahora más que nunca nos necesitan.