La vida está hecha de ciclos. Por eso vivimos elevaciones y declives, vigencia y desgaste, nacimiento y muerte. En fin, el alfa y la omega son los extremos de ese trayecto que es la existencia en todos los sentidos. Hay quienes, sin embargo, transitan encandilados por una gloria momentánea que creen inacabable. Y es un error.

En el ejercicio del poder –ya sea a nivel estatal o privado- los ciclos suelen dejar grandes estelas de frustraciones a los que se adhieren a su presente sin pensar en la dialéctica, en que el tiempo es –al mejor estilo borgeano- un tigre que salta sobre ti y te devora.

La caída es en política uno de los procesos más dolorosos para quienes la ejercen como oficio, sobre todo cuando se sirve el cadáver fresco a una pléyade de aves de rapiña que anidan odio, venganza, envidia y cualquier cantidad de raíz de amargura. Sólo  subsanan sus malos sentimientos destripando, propinando golpes en forma visceral al que no puede levantarse.

Caer en política lleva a los “leales” a reacomodarse, pues se trata de un asunto de sobrevivencia. En ese contexto, echan tierra a los favores recibidos, eliminan de los registros de su memoria las canonjías disfrutadas, huyen despavoridos y se lanzan como ratas antes que el barco se hunda.

En Quisqueya, donde el clientelismo es la piedra angular de la política, los “leales” son más pintorescos que en cualquier parte del mundo. Carecen de rubor y cambian de discurso con una facilidad impresionante.  Las posturas no son filosóficas ni forman parte de una convicción. Obedecen a su sed de acumulación material, al mantenimiento de su estatus social, las vías de influencia y de vigencia.

Por eso no tienen miramientos para traicionar, hundir el puñal en el moribundo y –si es posible- extraer sus visceras y comérselas en la plaza pública, en busca del aplauso de quienes lideran el ciclo de la elevación. Lo peor en política son las falsas lealtades. Aquí abundan como la verdolaga.