La tradición de mantener debates va arraigando porque la ciudadanía lo reclama y cada vez es más difícil concebir una elección importante sin un debate cara a cara

En el paseo de la Castellana, en la ciudad  de Madrid logré conversar  con el  veterano periodista, doctor en sociología y presidente de la Academia de las Ciencias  y las Artes de la Televisión, Manuel Campo Vidal quien ha pasado a la historia por moderar el primer debate en España entre Felipe González y José María Aznar (1993).

Enérgico, de palabras precisas, considerado el triunfador del reciente debate en noviembre del 2011 entre Rajoy, hoy presidente de España y Rubalcaba.

P: ¿Los debates influyen en la decisión del voto?

R: El debate puede influir en la votación. Siempre hay más participación electoral cuando se han celebrado debates Cara a Cara y no necesariamente a favor, exclusivamente, de los dos partidos cuyos representantes participan. Creo que los candidatos pueden decepcionar o no, pueden entusiasmar, pero es una forma más de diálogo político.

El pasado domingo 25 de marzo celebraron las elecciones autonómicas en Andalucía.  El candidato del Partido Popular, Javier Arenas considerado ganador absoluto en las encuestas se negó a participar en un debate.  Contrario a las predicciones, en las urnas no logró los votos necesarios para gobernar.

Quizás  oponerse  al debate podría ser interpretado como una falta de liderazgo.

P: El formato de debate político es diverso, ¿por qué eligen ustedes el Cara a Cara?

R: Un Cara a Cara es el debate de mayor impacto, el que genera más interés entre la ciudadanía. El formato de España de un Cara a Cara, con una intervención deliberadamente mínima del moderador, es el más difícil de aceptar por los candidatos porque es el que les exige más. No tienen ni el respiro psicológico de cuando alguien le está formulando una pregunta.

Claro que el moderador podría formular preguntas, pero tiene más interés que se las formule un candidato al otro.  Como dice Alan Schroeder: “Un político en un debate es como un trapecista sin red: la oportunidad de ver un fracaso fatal o un espectáculo”.

P: Entonces, ¿el debate es un espectáculo?

Cabe reconocer sin complejos que el debate tiene una parte de espectáculo, pero esto no tiene porque ser necesariamente peyorativo. El debate es política y es televisión. Si lo ven más de  doce millones de personas, como ocurrió en España. Es algo muy importante porque hoy en día no reúnes doce millones de personas si no es en una final de fútbol. Claro que tiene una parte de espectáculo y el espectáculo tiene sus reglas. Lo malo es cuando el espectáculo pueda llegar a sumergir a la política.

Ronald Reagan dijo: “La gente tiene derecho a conocer todo lo que se pueda para comparar entre candidatos y tomar después decisiones”.

P: ¿Tiene usted un  programa de cómo se organiza un debate?

R: Un debate sólo es posible cuando se logra establecer una cadena de confianzas en la que no puede faltar ni un sólo eslabón:

En primer lugar, confianza del candidato consigo mismo. En definitiva: si el candidato no quiere, no hay debate.

En segundo lugar, debe existir confianza del partido y del equipo político hacia el candidato. Si no confían en sus posibilidades, consiguen apartarlo de la tentación de hacer el debate.

En tercer lugar, es fundamental una confianza de ambos partidos en la entidad que organiza el debate.  Es imprescindible que ambos candidatos, sus partidos y la entidad organizadora, tengan plena confianza en la figura del moderador y  del realizador.   “Es fundamental encontrar un moderador que no quiera convertirse en protagonista en aquel momento decisivo” afirma Alan Schroeder

Es importante la imagen del candidato cuando está hablando, pero es muy relevante también la imagen de escucha del otro candidato. Por ello, los planos suelen contabilizarse y se emiten en los momentos más neutrales de expresión de quien está escuchando.

George Bush (padre) en el debate de 1992, fue “pillado” mirando su reloj. De esta manera daba la impresión que Bush no quería participar.

Esa cadena de confianzas debe compensar la desconfianza manifiesta entre los partidos contendientes sometidos a una alta tensión durante la campaña. Tanto es así que en 1993, antes de los primeros debates televisados en España, los participantes firmaron un documento de condiciones aceptadas por ellos ante notario.

Campo Vidal confía en que la historia de los debates Cara a Cara en España se siga escribiendo.

En España, hubo que esperar hasta el 1993 para que el primer debate televisado Cara a Cara pudiera ser una  realidad. España llevaba en ese momento dieciséis años de democracia.

Aún así, el Presidente de la Academia de las Ciencias  y las Artes de la Televisión considera que: “la tradición de mantener debates va arraigando porque la ciudadanía lo reclama y cada vez es más difícil concebir una elección importante sin al menos un debate Cara a Cara”