Algunas premiaciones criollas ocasionalmente motivan regocijo cuando recaen en merecedores del homenaje. Discernir correctamente prestigia tanto al galardón como al reconocido. Lo de “pueblo chiquito, infierno grande”, se comprueba en muchos mentideros literarios criollos, enjambres de vanidades vacías y prosopopeyas perseguidas por su propia palinodia. Cuando ciertos jurados –coros penetrados por falsetes ácratas y asincrónicos— aciertan y superan sus desencuentros, escogiendo bien, hay que celebrarlo.

El otorgamiento del Caonabo de Oro al poeta y ensayista José Mármol “en reconocimiento a sus labores permanentes y de calidad en el oficio de escribir”, alegra a quienes lo admiramos. También prestigia al premio, que la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores adjudica anualmente desde 1978, con variable suerte.

Me decía mi mentor Germán E. Ornes que el reconocimiento más difícil es el de los pares, especialmente cuando hay enormes asimetrías intelectuales y emocionales. José Mármol prestigia las letras dominicanas con su sensibilidad, calidad poética y profundidad de pensamiento. Premiarlo resalta tanto un “amanecimiento” (marino, azuloso, rielante) como la imposibilidad de mantener cerrados los ojos