“La sociedad de la autenticidad es una sociedad de la representación, todo el mundo se representa a sí mismo, todo el mundo se da tono. Todo el mundo rinde culto al yo y oficia la liturgia del yo, en la que uno es el sacerdote de sí mismo”.

(Byung-Chul Han: La desaparición de los rituales). Todavía seguimos siendo una de las sociedades de América Latina y el Caribe con menor movilidad social vertical ascendente, lo que implica una atomización social. Una atomización social es la expresión cardinal de la presencia de una formación social con fuerte componente tradicional. Alto crecimiento económico con signos y símbolos sociales protuberantes de una verdadera agonía. La atomización social deviene, como una consecuencia, de una enorme atomización política.

La atomización política ha prolongado la enorme inequidad social, el enorme desbalance entre lo reglado y la cultura política, entre lo normativo y la asunción real. Es lo que nos produce la ceguera. Una ceguera que nos hace perpetuar los rituales en los papeles, lo que nos impide avanzar en ciclo armónico entre lo económico, lo social y lo institucional. Es la prolongación permanente de un Estado en crisis, no entendido por la perennidad de lo “normal y siempre ha sido así”.

La atomización institucional es lo que hace que perdamos las oportunidades del Siglo XXI: Ley del Régimen Electoral y del Código Penal. Ni siquiera hemos podido poner en su lugar cada hecho trascedente de la historia de los últimos 60 años. Una sociedad tautológica sin autenticidad, con miedo de recrear ese pretérito en toda su dimensión. ¡Ni siquiera como efecto de catarsis colectivo, como espacio del cierre del duelo del pasado, para no contemporizarlo dilatadamente en este presente desfigurado!

Es la atomización institucional que nos desgarra y nos hace generar una construcción social ampulosa, macrocefálica y bipolar en el ejercicio del poder. A veces nos preguntamos, ¿por qué es tan difícil dirigir un país con 11 millones de habitantes y 48,442 kilómetros cuadrados? Nuestro país es apenas, territorialmente y poblacionalmente, el equivalente a una provincia de México, Argentina o de Brasil. De igual manera nos preguntamos, ¿cuál es el consenso en los últimos 30 años de los mejores presidentes de América Latina y el Caribe: Fernando Henrique Cardoso (1995-2003), de Brasil. Ricardo Lagos (2000-2006), de Chile. Ernesto Zedillo (1994-2000), en México?

¿Cuál es el hilo conductor que nos lleva a describir y explicar esta densa laguna que nos hace perder las oportunidades, que nos lastra y castra para ponernos en la agenda propia del Siglo XXI, que nos conduce en un trajinar sin camino en medio de un gatopardismo mellado en el tiempo, que nos acogota el alma, invirtiendo el 2% en Salud y el 4% en Educación, cuando el promedio de la Región se sitúa en: 6,6 y 4,6, respectivamente?

La reflexividad, que al decir de Anthony Giddens es el “modo de caracterizar la relación entre el conocimiento y la sociedad, y/o entre el investigador y el sujeto, que se centra en la continua reflexión de los actores sociales sobre sí mismos y sobre su contexto social”, nos lleva a decir que en gran medida no hemos tenido actores políticos que piensen en el futuro, no descansan sus estrategias políticas en visión de Estado. Las coyunturas y las tácticas son sus eternos peregrinos que los acompañan en un juego suma cero, como si el presente fuera perpetuo, imperecedero, inmortal. Es la búsqueda del poder sin sentido de la historia, la adicción al poder interminable, como si servirle a su país fuera desde el solio presencial y nadas más; en una clara obviedad de un caudillismo destemplado y atemporal.

Ninguno de los presidentes que hemos tenido, desde 1966 a la fecha, ha creído en el capital humano, que se traduce en el eje transversal de la educación y la salud. Desde 1996: 1.7% del PIB; 1.8 y 2.00% del PIB en Salud, hasta hoy 27 de febrero de 2023. En educación se aprobó el 4% en 1997 y no fue sino en 2013 que comenzó a ejecutarse, en cumplimiento de una ley, 16 años después. En el interregno, a la sazón, el presidente del 2004-2012, se empeñaba en un dilatantismo histriónico que a nadie convencía, sobre el falso debate de incremento a la educación y la calidad. Fue y firmó en Argentina, en 2009, por un 5.5% a la educación y aquí pontificaba en la praxis, en lo que realmente creía. Hipólito llegó a disminuir el presupuesto a esa importante cartera para reasignárselo a las Fuerzas Armadas.

Danilo Medina se legitimó con la inversión en educación del 4%, empero, no creía en ella. Basta con verificar los cuatro ministros que pasaron por allí en ocho años. Los presupuestos consignados en formación y capacitación siguieron siendo muy pírricos, elemento vital para el cambio verdadero. Estaba tan postrada y en la abyección más icónica entre 1997-2012, que nadie quería estudiar educación. Hoy, nos encontramos, para ser lo más objetivos y precisos, desde hace alrededor de seis años, profesores de los mejores colegios están teniendo una alta rotación para el sector público.

En medio de la posmodernidad que eclosionó, irrumpió a partir de los años 70 del siglo pasado, los actores políticos, han perdido la centralidad en el pensamiento, en el conocimiento, para subrayar, enfatizar, lo que de verdad le ha dado éxito: recurrir inmisericordemente a la memoria corta, al culto despiadado al olvido y a la zoonosis, para sacrificarnos como nación. En medio de una infocracia (Chul Han), de una psicopolítica (Byung Chul Han), de una vigilancia líquida (Bauman), de una vigilancia (Ignacio Ramonet), de los medios de comunicación y el poder y las redes (Manuel Castells), la oligarquía partidaria juega a la risa y el olvido (Milán Kundera) para cementar con concreto armado la memoria corta y el culto al olvido de los dominicanos y dominicanas.

La bipolaridad, el síndrome de Hybris, los trastornos que suelen ocurrir a los seres humanos, los llevan a desconocer la realidad y sus cambios: Google, Facebook, Instagram, YouTube, WhatsApp, Messenger, TikTok, Twitter. Las redes sociales y la importante suite de Google recrean de manera constante el pasado en el presente. Lo que hicimos ayer, lo que dijo hoy, se transporta en un segundo por una voz o por un clic. Todo ello indica que la vieja política no podrá seguir apostando a la memoria corta y al recurso del olvido como dimensiones de mentiras, desinformación, manipulación y posverdad.

¡La zoonosis o antropozoonosis o anfixenosis, patógenos que han inoculado a la partidocracia dominicana durante tanto tiempo, ralentizando la necesidad de reformas estructurales, comienza a desdibujarse en este presente tan cargado de incertidumbre!