Tampoco es que, como decía Gramsci, el viejo mundo muere, esperamos el nuevo que tarda en aparecer y, en ese claroscuro, surgen los monstruos fascistas.

Cuenta Slavoj Žižek que durante la Primera Guerra Mundial el cuartel general alemán envió un cable a su homólogo austríaco donde informaba que “en nuestra parte del frente la situación es seria, pero no es catastrófica”. A lo que los austriacos respondieron: “Aquí la situación es catastrófica, pero no es seria”. ¿Es seria o catastrófica la situación en Italia tras el triunfo de la derecha, encabezada por Giorgia Meloni, y que para muchos significa el ascenso del neofascismo? Veamos…

Meloni, se autodefine como “mujer, madre, italiana y cristiana”, que defiende la familia tradicional, se opone al aborto, postula la igualdad en base a superación y méritos, considera que Mussolini “fue un buen político” y está en contra de la inmigración masiva.

Pero es dudoso que su ascenso al ejecutivo conlleve la desaparición de la democracia o que conmueva los cimientos de la Unión Europea, más allá de exigir una Italia con más autonomía nacional respecto a Bruselas. Meloni, además, ha apoyado firmemente, junto con la UE, a Ucrania frente a Rusia. Es obvio que, como afirma el izquierdista Matteo Renzi, “la derecha italiana no es fascista, no hay riesgo con Meloni”.

Se asocia, sin embargo, a Meloni con el “fascismo eterno” del que nos hablaba Umberto Eco, en esa banalización y uso despectivo del término “fascismo”, que impide entender no solo que, si bien todos los fascistas son populistas, no todos los populistas son fascistas, sino también, lo que es más importante, que no todos los populismos son antidemocráticos ni antiliberales.

Meloni es menos peligrosa para la democracia liberal que Trump y Bukele, ambos con un notorio autoritarismo y desprecio por la legalidad, que bien pudiera hacer a los dos merecedores del adjetivo de “semi fascista” con el que Biden calificó a Trump. Y ni hablar de Maduro y Ortega, quienes han desmontado la democracia y el estado de derecho para perpetuarse autocráticamente en el poder.

¿Está Italia en medio de lo que Karl Polanyi denominó una “situación fascista”, que permitiría a “grupos fascistas minúsculos” barrer con “los bastiones de la democracia de las libertades constitucionales”, es decir, con “las formidables organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores y de otros partidarios declarados de la libertad constitucional”?

Si examinamos los resultados electorales, parece que no. La izquierda y la centroizquierda han obtenido -divididas- casi 14 millones de votos (56%) cara a poco más de 12 millones de votos de la derecha -unida- (44%), pero la gran coalición de derecha se beneficia del sistema electoral que le permite alcanzar con su 44% el 70 % de la representación parlamentaria.

Sería exagerado, en consecuencia, afirmar que, con Meloni, en paráfrasis de lo que decía Marx corrigiendo a Hegel, el fascismo repetiría, más que como tragedia, como farsa que, a veces, como afirma Žižek, es mucho “más terrorífica que la tragedia original”. Tampoco es que, como decía Gramsci, el viejo mundo muere, esperamos el nuevo que tarda en aparecer y, en ese claroscuro, surgen los monstruos fascistas.

En verdad, cuando vemos a Meloni en las redes sociales, con dos melones a la altura de su pecho, mientras afirma, sonriendo y guiñando pícaramente un ojo, “el 25 de septiembre, está todo dicho”, lo único que parece quedar claro es que no es seria esta “catástrofe”.