Sin montarse en una ola de alarmas ni sobredimensionar la realidad, parece que es prudente actualizar las políticas públicas frente al discurrir de este virus.

SANTO DOMINGO.- Quizás sea innecesario retornar a un confinamiento similar a cuando comenzó la pandemia en 2020.

Para entonces estábamos ante un fenómeno sanitario desconocido, con pocas informaciones científicas.

Pero también asistíamos a escenarios de  contradicciones sobre su tratamiento, prevención y modos de contagio.

Hoy conocemos más del COVID-19 y fluyen informaciones acerca de sus cepas o variantes.

Sin montarse en una ola de alarmas ni sobredimensionar la realidad, parece que es prudente actualizar las políticas públicas frente al discurrir de este virus.

La prensa de este miércoles es una alerta que merece atención.

Los contagios suben en forma exponencial.

Las filas son cada vez más largas en demanda de pruebas.

El personal de salud merma en los centros hospitalarios producto del contagio.

Hay ausentismo en las empresas y en las instituciones públicas.

Se advierte que no es prudente reabrir las clases en medio de esta coyuntura.

El hecho de que hayan bajado las tasas de letalidad e internamiento no quiere decir que no hay un problema.

La nueva variante del virus está afectando el normal funcionamiento de servicios y de la producción.

Se nota no solamente aquí, sino en muchas partes del mundo.

Entonces, además de la vacunación, hay que hacer algo para bajar la ola de contagios.

Estamos ante un temporal sanitario, hay un río desbordado que puede generar secuelas en cadena muy negativas.

Ante eso no podemos cerrar los ojos, mirar para otro lado o apostar a que pase pronto.