Para renovar la política necesitamos cambiar sus paradigmas. En primer lugar debe ser una política desde y para las personas. No una política para el poder sino que el poder es necesario para intervenir y actuar sobre la vida de las personas. Entonces es una política para cambiar y dar poder a las personas.

El discurso político debe recoger las necesidades de las personas y proponer las soluciones necesarias, que pasan por el empoderamiento de la gente. Es la política para que la gente pueda.

Una política como la que estamos describiendo coloca en el centro de sus preocupaciones el desarrollo humano y la estrategia nacional de desarrollo, la segunda como horizonte de lo primero.

La política que necesitamos debe atraer a las personas decentes. La gente decente tiene que encabezar la política. Si logramos que la gente decente se involucre en una política pensada y hecha desde y para las personas, entonces comenzaremos a cambiar la política.

Pero hace falta más: la política debe ser dialogal o sea una conversación permanente entre los liderazgos y la gente. Los liderazgos tienen que crear mecanismos para propiciar este diálogo y mantenerse abiertos a las manifestaciones y puntos de vista de la gente que no está organizada en política. Las encuestas, sondeos, grupos focales y paneles con la gente no circunscripta constituyen una necesidad de la política moderna.

Con los puntos de vista de esa gente no organizada y con la estructuración de mecanismos para que la “gente decente” se sienta representada, comenzaríamos a cambiar el modo de hacer política.

Es mucho lo que  hay que trabajar para viabilizar los cambios en la política, pero los resultados esperados justifican el esfuerzo.