Darling Mercado está muerto. Lo mató quien tenía el deber de protegerlo. Y la única razón por la que hoy el país exige respuestas es porque un celular estaba grabando. Esa es la verdadera tragedia.
No basta con anunciar una investigación, no basta con suspender agentes. Cuando quien dispara lleva un uniforme, el estándar no puede ser menor, sino mucho mayor.
La autoridad pierde toda legitimidad cuando actúa al margen de la ley. El video no dicta una sentencia, pero sí destruye versiones convenientes. Obliga a responder con hechos. La pregunta que queda es devastadora. ¿Cuántos Darling Mercado nunca llegaron a los titulares porque no hubo una cámara encendida?
La confianza de la Policía no se recupera pidiendo paciencia. Se recupera demostrando que ningún uniforme está por encima de la ley. Porque cuando la evidencia la aporta un ciudadano y no la institución, el problema ya no es un caso, es el sistema. Si nadie hubiese estado grabando, tal vez sería otro intercambio de disparos.