Para una empresa u organización bajo el arrastre de una crisis de comunicación, que ponga en riesgo la reputación y hasta implique el peligro de salir del mercado o, cuando menos, sufrir un impacto negativo en sus ingresos, los desafíos son proverbiales.

Todo es peor si el remolino comunicacional ocurre en los llamados medios emergentes, con unos formatos que seducen a amplios espectros de públicos, dados sus enfoques iconoclasta, libres, subjetivos, en el lenguaje de estos tiempos, dominado por la audiovisualidad y la emotividad.

Reconozco el mérito de estas iniciativas de comunicación que, en ocasiones, dan voz a quienes no la tenían o le había sido negada, desarrollan narrativas que visibilizan los intereses de los excluídos y confieren protagonismo a ciudadanos discriminados por el estatus quo. Esto es definido por el sociólogo, escritor y cineasta Guarionex Luperón como “la primavera de la servidumbre”.

La imprecisión, la falta de rigor, la superficialidad, el ancla en los adjetivos, la desregulación y la falta de precedentes jurídicos disuasivos, son pivotes culturales de estos medios, que si bien pudieran estar inscritos contra la censura, suelen hacer la función de paredones reputacionales sin ningún tipo de atenuantes.

Su objetivo fundamental es ganar seguidores, lograr altos niveles de interacciones y monetizar la exposición para vivir de la transferencia financiera de Youtube o capturar pagos a través de contenidos patrocinados. Nada de defensa a las instituciones ni a la democracia, pero tampoco de control de los excesos del poder.

No es lo mismo tratar un problema corporativo, político o social con Bienvenido Álvarez-Vega, Miguel Franjul, Inés Aizpún, José Monegro, Nelson Rodríguez, Bolívar Díaz Gómez, Pesio Maldonado, Enmanuel Castillo, Fausto Rosario y otros hacedores de opinión pública con formación que con un alnalfebeto funcional, incapaz de interpretar procesos, pero con el dominio de la industria del “like” y del “view.”

Si el asunto crítico reviste complejidades superiores, tampoco es igual sentarse en una mesa con los accionistas de los medios tradicionales  que con “el dueño” de la estructura mediática desregulada, que ha formado un capital de relumbrón por el influjo de las olas digitales monetizables.