Estamos observando a emprendedores digitales aguerridos y astutos que empiezan a plantearse la conquista de talentos profesionales, no solo por legitimarse, sino también para trasladar a sus poderosas plataformas los modelos del periodismo tradicional, incluyendo aspectos de su deontología.

No discrimino a los emprendedores mediáticos digitales que están formando una estructura emergente de poder en la opinión pública. Son partes de la República y han llegado para quedarse en la pantalla de los dispositivos móviles de las nuevas generaciones, que no encienden un receptor de televisión, no pierden su tiempo oyendo radio ni se ensucian las manos con los medios impresos.

Algo les falta: hacerse interlocutores válidos en un plano y un lenguaje inteligibles, fluidos, disminuyendo las posibilidades de ruido en la comunicación para ganar referencialidad, respeto y credibilidad,  superar el espectáculo hueco y teatral de corta vigencia que, sin embargo, tiene el valor de desnudar fenómenos como nunca antes lo hizo la prensa tradicional.

Estamos observando a emprendedores digitales aguerridos y astutos que empiezan a plantearse la conquista de talentos profesionales, no solo por legitimarse, sino también para trasladar a sus poderosas plataformas los modelos del periodismo tradicional, incluyendo aspectos de su deontología.

Si logran esto, entrarán a un círculo virtuoso de control irreversible de aquello que los estudiosos de la opinión pública denominan “la agenda setting” y, por esa vía, terminarán de convertirse en reales instancias interlocutoras del poder en sus distintas expresiones, con la posibilidad, además, de acaparar el mercado de la publicidad.

Probablemente el fenómeno empujará una reforma profunda en los programas académicos para formar profesionales de la comunicación y hará que el gran capital con intereses en los medios se reenfoque y deje la resistencia a desmontarse de vetustos esquemas de negocios que progresivamente se vuelven insostenibles en la industria periodística.

No estoy lanzando una apuesta a la desaparición de las reputadas marcas de medios que en el largo trayecto de la democracia nos han acompañado, pero entiendo que su supervivencia dependerá de una transformación dominada por las condicionalidades de la economía digital, que es más competitiva, resiliente y hasta cercana a la sostenibilidad desde el punto de vista ambiental.