Parte de mi niñez y adolescencia transcurrieron en un activo ambiente en el que se mezclaba el liderazgo político de la democracia cristiana –en Venezuela—con los dirigentes de la central de trabajadores de ese país. La organización social y política de los trabajadores se encuentran, por tanto, entre los fenómenos sociales que comenzaron a dar forma a mis inquietudes por los asuntos colectivos, por lo público.

En días recientes uno de nuestros empresarios más destacados e innovadores, en el contexto de un diálogo sobre otros temas, señaló que uno de los factores que explicaba la pobreza de quienes dedicaron su vida al corte de la caña era que no se habían organizado en sindicatos, cooperativas y asociaciones. La reacción inmediata en las redes fue la de desautorizar, criticar ad hominem a dicho empresario y traer a colación la supuesta responsabilidad del mismo por tal situación de no organización de los sectores laborales.

Yendo un poco más lejos y con más profundidad, es innegable que la mayoría de quienes en nuestra sociedad han tenido que vender su mano de obra o fuerza de trabajo para sobrevivir son pobres. Y también lo es que la debilidad de los sindicatos, asociaciones y otras formas de cooperación inter trabajadores es uno de los factores que explica tal situación de pobreza, porque es a través de la auto organización que los estamentos laborales obtienen, en las negociaciones y tensiones propias de las sociedades democráticas, satisfacción de sus demandas tanto planteadas frente a sus empleadores como frente al Estado, ambos responsables de la justa retribución del trabajo. Sin duda, la escasa libertad sindical ha sido un factor clave en este resultado de pobreza. Lo mismo que una fiscalidad que no ha estado orientada a completar el salario social.

¿Cómo corregimos esto? Intentaré responderlo en el próximo artículo