Varias personas me han preguntado por qué decidí que mis archivos históricos, después de estarlos compilando en Europa, Norteamérica y Santo Domingo por más de treinta años, fuesen escaneados, -unas doscientos mil páginas de documentos-, y colocados en Internet para que cualquier persona en el mundo con acceso a una computadora pueda hacer uso de los mismos.

Las razones son varias. Primero me preocupaba qué pasaría con ellos una vez yo desapareciese. Existen antecedentes en nuestro país, y, por supuesto, también en el extranjero, de que los herederos, como es natural y común, no se interesen en investigaciones históricas, pero que también veden el acceso a la colección a otros historiadores, ya sea por carecer de facilidades físicas para ese acceso, o por temor a su mal uso.  También existe el antecedente de que el Estado expropie un archivo,  pasándolo al Archivo General de la Nación (AGN). Varias veces consideré donarlo al AGN, hoy bajo la excelente dirección de Roberto Cassá, pero, como no es una organización autónoma y carece de patronato, me preocupó qué podría ocurrirle a esa institución en el futuro, más cuando en el pasado sufrió de mala administración. Descarté el vender la colección a  una universidad extranjera, como ya ocurrió con los archivos de la firma de abogados Peynado. También pensé en donarla al Centro León, como ya lo hice con mi colección arqueológica, hoy día en exhibición temporal en Valencia, España.

Pero la solución que consideré más democrática en cuanto a su uso y con menos riesgo para la preservación de la colección fue escanear todos los archivos y colocarlos en Internet. De esa forma están muy bien preservados, sobre todo si, además, son colocados en discos duros disponibles para universidades y academias. Actualmente, acudiendo tanto al portal del AGN como al de Funglode (institución que financió el escaneo) el lector podrá trabajar la colección mucho más fácilmente que como tuvimos que hacer nosotros. Cuando queríamos encontrar un nombre o un tema, teníamos que buscar en las 200,000 páginas, ya sea en papeles físicos, ubicados en unas 158 cajas, o en 176 rollos de microfilm. Hoy día tan sólo se escribe en la computadora un nombre, Mauricio Báez por ejemplo, y sale una lista, en orden cronológico, de todos los documentos que lo citan. Luego se pueden leer esos documentos y, si se quiere y si se posee una impresora, imprimirlos en papel. La colección escaneada contiene 12,172 nombres de personas, lista que, además, puede ser consultada. Si se busca por tema (asesinatos, frontera, caña, ferrocarriles, etc.) se escoge entre los 1,345 que fueron definidos por los técnicos del AGN. También se puede buscar por lugares (Puerto Plata, Mao, etc.), o por simple orden cronológico, siendo el documento más antiguo de 1620. Esto significa que mientras en el pasado una investigación en la colección podía tomar meses, hoy es cuestión de pocas horas.

Se me ha preguntado por qué he hecho el trabajo mucho más fácil para mis colegas historiadores, dándoles acceso a la colección de una forma tan didáctica. La respuesta es muy simple: lo importante es que se escriba la historia, no quién la escriba y a mi edad no es verdad que podría hacer uso de todas esas 200,000 páginas de documentos para escribir nuevos libros. En mis 37 libros de historia no creo haber utilizado más de un 5% de ese archivo. Además, desde hace 33 años, a través de la Fundación Cultural Dominicana he editado libros de otros historiadores, por lo que siempre he estimulado a otros a escribir. También me preguntan si la entrega de mis archivos significa que ya no escribiré sobre historia. Tan sólo significa que, en vez de colocarme un pañuelo sobre la nariz antes de abrir cajas llenas de papeles viejos, ahora daré “clicks”. Además, cada día se desclasifican más documentos extranjeros sobre nuestro país en lugares como las bibliotecas presidenciales de Jimmy Carter y Richard Nixon. Y el DNI, 1962-1964, ¿cuándo? Han pasado 48 años.