Las expectativas de que la economía repuntaría una vez superada la pandemia de COVID-19, están siendo sustituidas por pronósticos de recesión.

La guerra en Ucrania está generando una elevada incertidumbre, encareciendo las materias primas, de las que la Eurozona es importadora neta y se está posponiendo las decisiones de inversión y consumo de los agentes europeos. Esta inseguridad está provocando que los capitales se marchen de la zona euro y busquen refugio en el dólar estadounidense, presionando a la baja a la divisa.

La incertidumbre que generan los futuros acontecimientos en torno a la guerra genera desconfianza en el Euro y en los activos de la Unión Europea, por lo que el flujo de capitales prefiere invertir en activos estadounidense, máximo ahora que las tasas de interés se han incrementado. Además, si la UE decide implementar un embargo de las fuentes de energía rusas o si la parte rusa interrumpe el suministro de energía que envía a Occidente de forma generalizada, el euro caería aún más abajo de la paridad con el dólar.

El impacto de la guerra, que también se siente en EEUU, es completamente diferente, porque la guerra no se está produciendo en territorio americano, mitigando los potenciales riesgos. Este hecho fortalece aún más el estatus del dólar como activo refugio, en consecuencia, los inversores buscan proteger su capital en dólares u otros activos denominados en esta moneda. Además de que EEUU es uno de los mayores productores de petróleo del mundo, por lo que la subida del precio del crudo no afecta de igual manera a una economía que a otra. En cuanto al gas, la diferencia es aún más visible, puesto que EEUU es exportador neto de esta materia prima, mientras que Europa apenas produce gas y tiene que importarlo, igual que el petróleo.

Hasta la fecha el Banco Central Europeo (BCE) solo ha hablado, mientras que la FED ya ha implementado dos subidas de tipos y una de ellas ha sido de 50 puntos básicos y se espera que este ciclo de subidas sea el más agresivo en EEUU desde 1994. Sin dudas unos tipos de interés más altos y cada vez más divergentes hacen que sea más atractivo para los inversores mover su dinero a activos americanos de renta fija que presentarán unas rentabilidades superiores. Estos influjos de capital fortalecen al dólar y tienden a debilitar al euro. Como apunte, la última vez que este cruce se situó en paridad fue en julio de 2002, o sea hace ya 20 años. El tipo de cambio puede representar un dictamen sobre el panorama económico, y el de Europa se está nublando. Las expectativas de que la economía repuntaría una vez superada la pandemia de COVID-19, están siendo sustituidas por pronósticos de recesión.

¿CONSECUENCIAS?

Estados Unidos y la Unión Europea son importantes socios comerciales, así que una variación en el tipo de cambio sería notoria. Por ejemplo: A los turistas estadounidenses en Europa les costarán menos los hoteles, restaurantes y boletos de admisión. Un euro más débil podría aumentar la competitividad de las exportaciones europeas. En Estados Unidos, un dólar más fuerte se traduce en precios más bajos de los productos importados, desde vehículos y computadoras hasta juguetes y equipos médicos, lo que seguro contribuirá a atemperar la inflación.

La preocupación principal para Estados Unidos es que un dólar fuerte encarece los productos de fabricación estadounidense en los mercados extranjeros, lo que aumenta el déficit comercial y reduce la producción económica, y da a los productos extranjeros una ventaja en precio en el mercado estadounidense.

Un euro débil puede suponer un dolor de cabeza para el BCE porque puede acarrear un aumento de precios para los productos importados, en particular el petróleo y otras materias primas, que se cotizan en dólares. El BCE ya considera diversas opciones, como subir las tasas de interés, la medida clásica para la inflación, pero hacerlo promoverían una desaceleración del crecimiento económico o, incluso, podría generar una recesión.