La selección de los miembros de la Junta Central Electoral (JCE) reviste gran importancia para nuestra democracia, sin embargo, su selección ha estado generalmente marcada por el deseo del presidente de turno de controlar dicho organismo y por el reparto político.

La selección de

los miembros de la Junta Central Electoral (JCE) reviste gran importancia para nuestra

democracia, sin embargo, su selección ha estado generalmente marcada por el

deseo del presidente de turno de controlar dicho organismo y por el reparto

político.


Y precisamente

por ese tinte político hemos tenido en muchas ocasiones falta de confianza en

la JCE, en momentos incluso de crisis electorales en nuestra historia

democrática reciente, en las que ante la  desconfianza en la imparcialidad de sus

miembros se ha requerido la actuación de representantes de la Iglesia para auspiciar

diálogos y consensos, de comisiones de seguimiento, y hasta se ha tenido que recurrir

a modificar la ley electoral, como se hizo en el 2003, como solución a la

crisis desatada por la imposición de la reelección de su presidente, aumentando

los miembros de la Junta a 9 y dividiéndola en dos cámaras.


Por eso es una

señal trascendente la que ha dado el presidente Luis Abinader al reiterar que

tiene un compromiso de llevar personas independientes a la JCE, lo que

constituye la mejor vía para dotar de credibilidad a ese organismo, como

sucedió en el año 1994 luego de la crisis electoral y la firma del pacto por la

democracia, eligiéndose una Junta presidida por César Estrella Sahdalá, cuyo

suplente era Jorge Subero Isa, y constituida por otras personalidades, que se

destaca como uno de los puntos más luminosos de la historia de dicho organismo.


En esta ocasión

tenemos la oportunidad de remediar la situación que creaba el requisito de la

anterior legislación electoral de que los miembros de la JCE debían ser

abogados, en un órgano que necesita capacidad de gestión, lo que

afortunadamente se limitó en la nueva Ley 15-19 para el presidente de esta,

pudiendo ser los demás profesionales del área de administración, informática,

ciencias jurídicas o afines.


El Senado debe elegir una nueva JCE conformada por personas que

reúnan el perfil idóneo, lo cual va mucho más allá de los requisitos que

establece la ley que cualquiera puede cumplir, con una reconocida y probada

trayectoria, tanto los cinco titulares como sus suplentes, pues como se vio en

el recién pasado proceso electoral, la inviabilidad de usar los suplentes llegó

incluso a provocar gran inquietud ante la renuncia, luego retirada, de uno de

sus miembros.


El  país y nuestra democracia han pagado un costo

muy alto por malas selecciones de personas, algunas buenas, pero sin la

independencia y firmeza requeridas, de cuadros políticos sin mayor mérito que

el de su afiliación partidaria, así como por malas decisiones de presidentes

autoritarios que con el apoyo de su partido impusieron su voluntad por encima

de lo racional, y de personas que aunque probas carecían de las capacidades

para gestionar adecuadamente los procesos, o de la firmeza para no dejarse envolver

por los enredos políticos.


El trauma vivido

en las pasadas elecciones debe estar muy presente al momento de tomar esta

decisión, para asimilar que no solo se necesita una JCE que complazca a los

partidos y la sociedad civil distribuyendo sus miembros, sino de una Junta que

reúna las competencias necesarias en regulación, gestión, logística,

informática, para que aventuras tan lamentables como la del voto automatizado

no se repitan.  Esperemos que los miles

de millones que se desperdiciaron en las fallidas elecciones municipales y el

voto automatizado que tanta falta nos hacen, no se olviden y sirvan de

recordatorio para que todos exijamos que se  deje atrás la vieja y mala práctica de la

repartición, y se escoja bien, seleccionando miembros y suplentes capaces con

competencias divididas que hagan la debida sinergia, que tengan la independencia,

templanza y firmeza requeridas, y sobre todo que generen credibilidad y

confianza, lo que no dependerá únicamente de sus competencias sino de su

solvencia moral, historia de vida y actuaciones. Ojalá que el nuevo Senado esté

a la altura de este gran reto.