Me inquieta la híper-sensibilidad de ver racismo hasta en la negrura de llantas de automóvil o la blancura del papel higiénico. ¡Es malo llamar negro a un negro! En Virginia, Estados Unidos, hay un revolú porque recién averiguaron que políticos demócratas blancos se disfrazaron como negros tiñéndose el rostro cuando estaban en la secundaria.

Me inquieta la híper-sensibilidad de ver racismo hasta en la negrura de llantas de automóvil o la blancura del papel higiénico. ¡Es malo llamar negro a un negro! En Virginia, Estados Unidos, hay un revolú porque recién averiguaron que políticos demócratas blancos se disfrazaron como negros tiñéndose el rostro cuando estaban en la secundaria. Esto molesta más incendiariamente a anti-racistas que ciertas estadísticas sobre discriminación al asignar fondos públicos para educación o salud pública según la composición racial del distrito.

Aquí en febrero tenemos los tiznaos que si los descubren esos paladines del anti-racismo quedarían patidifusos al ver que muchos, debajo del prieto aceite, ¡son negros de verdad! Pocos o ningún chino o japonés o hindú protestaría ni se sienten ofendidos porque alguien se disfrace de oriental. Y si algún prieto se tiñe con tiza o pintura blanca, será por payaso, pero creo que pocos blancos se ofenderían.

Quizás, como frecuentemente me pasa, estoy equivocado, pero hay demasiadas discriminaciones reales y graves, crueles e injustas, para andar de periquitosos por disfraces.