Ante esto ¿qué hacer? La respuesta solo puede ser combatir simultáneamente el fomento político-populista de la envidia y las inmerecidas desigualdades en el acceso a bienes sociales básicos que pertenecen a todos en estricto apego a la igualdad.

En esta columna he escrito sobre el resentimiento social como caldo del cultivo de las revoluciones (“Teoría política del resentimiento”, 31/10/2014), distinguiéndolo de la justa indignación social (“Teoría política de la indignación”, 22/5/2015; “La insoportable levedad de la indignación”, 13/1/2017). He abordado también cómo las revoluciones acontecen cuando un régimen autoritario comienza a reformarse y aumenta la igualdad, lo que paradójicamente incrementa la insatisfacción y el deseo de mayor igualdad (“La paradoja de Tocqueville”, 10/9/2021), motivando la politización de la ira (“Teoría política de la ira”, 18/6/2021), mediante revoluciones cuyo financiamiento se facilita en economías prósperas monoexportadoras (“La subvención de la revolución”, 14/1/2022).

En esos escritos, no respondí, sin embargo, una cuestión fundamental: ¿cuál es la chispa que enciende la revolución? Se trata de averiguar no las causas mediatas, estructurales y profundas (la situación social, política y económica que precede a la revolución) ni tampoco las causas inmediatas (como la carestía del pan en el caso de la revolución francesa), sino las causas a medio camino entre las mediatas y las inmediatas, aquellas que intervienen cuando, como decía Gramsci, “el viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

Si analizamos la historia de las revoluciones veremos que, con excepción de la norteamericana, en la zona de penumbra que las precede hay una chispa que enciende el fervor revolucionario en las masas: la envidia, “la más antisocial y odiosa de todas las pasiones” (John Stuart Mill), azuzada por políticos demagogos mediante promesas utópicas de igualdad que, dividiendo la sociedad entre el pueblo y los enemigos del pueblo (la “casta” de “tutumpotes”, “escuálidos”, “gusanos”, “explotadores” y “traidores a la patria”), alimentan el resentimiento, desvirtuando así las justas causas de indignación social y las legítimas luchas por el reconocimiento, en la certidumbre de que, como decía Chesterton, “es el odio lo que une a los pueblos, ya que el amor constituye siempre un acto individual”.

Carlos Raúl Hernández describe brillantemente esta estrategia: “Introducirse en todas las ranuras del sistema con el discurso hiperdemocrático ‘injusticia’, ‘desigualdad’, ‘corrupción’ y el ungüento de fierabrás: ‘la constituyente’, la ‘purificación desde cero’”. ¿Con qué objetivo? Con el de “hacer dominante un discurso o ‘relato’ contra la realidad, convencer a pesar de toda evidencia a una sociedad satisfecha y armónica, que se trata de un infierno de injusticia y ‘desigualdad’ regido por ladrones e incompetentes”.

¡Pero ojo! Aristóteles, Adam Smith, Hobbes y Spinoza advierten de no confundir la sana emulación, dirigida a alcanzar bienes, con la envidia, tendente a la destrucción de los envidiados y sus bienes y que, debidamente azuzada por los líderes populistas, se convierte en el resentimiento, que no es más que la racionalización moral de la envidia, ahora propagado mediante los “bancos de ira” (Peter Sloerdijck) digitales que aumentan instantánea y exponencialmente la inflación de la “envidia igualitaria” o “democrática”, estableciendo “una alianza entre los que tienen envidias comunes para llevar a término las acciones negativas contra los envidiados a que les mueve su pasión” (Gonzalo Fernández de la Mora).

Ante esto ¿qué hacer? La respuesta solo puede ser combatir simultáneamente el fomento político-populista de la envidia y las inmerecidas desigualdades en el acceso a bienes sociales básicos que pertenecen a todos en estricto apego a la igualdad.