Llevarla a la esfera pública la desahoga. No es que se calme la ira, es que la ira funciona como el bálsamo del enojo. La ira, su expresividad pública, es el alivio del malestar psicológico que el populismo ofrece en el presente inmediato”.

 

En el principio era la ira, y la ira era con el hombre, y la ira era el hombre. Esto sonará a los que somos cristianos como una apostasía, pues, contrario al iracundo Dios del Viejo Testamento, nuestro Dios es amor y la sociedad se funda en la caridad entre hermanos. Con todo, ella da perfectamente cuenta de un dato singular de la historia de Occidente cuya primera frase, tal como señala Peter Sloterdijk en su rompedora obra “Ira y tiempo”, es la de Homero: “Canta, oh musa, la cólera del Pelida Aquiles”.

Todo cambió con el Sermón de la Montaña, donde se nos promete que, como contrapartida de sufrir agravios, llegaremos al cielo (Mateo 5, 11-12), y con la invitación a erradicar el ojo por ojo y poner la otra mejilla (Mateo 5, 38-42). A partir de ahí los cristianos asumimos la prohibición de la ira en beneficio del único que puede enojarse: Dios. Siguiendo a Aristóteles, San Agustín definiría la ira como apetito de venganza y la dogmática cristiana la incluiría como uno de los siete pecados capitales.

Eppure la rabbia si muove. Dejados atrás el temor de los paganos a la ira de sus dioses y las manifestaciones de los iracundos héroes de la antigüedad como ejecutores de la furia divina, la ira no desaparece. Como afirma Sloterdijk, el comunismo y el fascismo después, sin contar antes la revolución francesa, se constituyeron en los principales “bancos de ira” de la historia, sustituyéndose la ira, en el sentido heroico de los antiguos, por el espíritu de venganza y el resentimiento, al extremo de que puede afirmarse que el partido comunista y el partido nazi fueron los dos aparatos más poderosos para recolectar y movilizar la ira antiliberal y anticapitalista en la civilización occidental, que desemboca en la terrible represión totalitaria de Stalin y Mao y en el genocidio nazi que asoló Europa.

En el caso del comunismo, para Sloterdijk la ira reprimida, resentida y vengativa de los individuos el comunismo la sublima y transforma en ira revolucionaria justificada por el concepto dialéctico de historia. La revolución requiere, en palabras del Che Guevara, "el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar". Y es que se necesita “el ascetismo frío de la acción del sujeto histórico de la ira liberado de sus motivos personales, porque en caso contrario conllevaría a hundirse en el mero voluntarismo. Esta condición pone al revolucionario ante el deber de cultivar los métodos para el adecuado uso histórico de la ira” (Oscar Carreño Garzón).

¿Puede haber una ira populista? Sloterdijk, comentando su libro “Las epidemias políticas”, afirma que “cuando el universalismo fracasa, surge la crítica; cuando la crítica fracasa, surge furioso el resentimiento masivo; cuando la decepción no conduce a la resignación, sino que se expresa de manera ofensiva, surgen epidemias de ira”. Para Gustavo Ramón Jacobo, “la respuesta que el populismo les ofrece a los molestos es la politización de esa emoción: la ira, o, como se le suele llamar hoy, la indignación. Darle sentido (o sea, inventárselo) la clarifica. Politizarla la dignifica. Llevarla a la esfera pública la desahoga. No es que se calme la ira, es que la ira funciona como el bálsamo del enojo. La ira, su expresividad pública, es el alivio del malestar psicológico que el populismo ofrece en el presente inmediato”.

Pero, ante la bancarrota del banco de la ira comunista, la ira populista no basta. Hoy los grandes bancos de ira son digitales. Con la digitalización de la esfera pública, que conduce a su vulgarización en lugar de su democratización, lo que surge es una “democracia de enjambre”, dirigida por turbas organizadas y enfrentadas para el implacable, sistemático y colectivo “linchamiento digital” de los adversarios (Manuel Arias Maldonado).  En este sentido, como bien ha demostrado Bharath Ganesh, las redes sociales proporcionan un vehículo útil para el intercambio y la agregación del odio y la ira hacia otros grupos, que los proveedores de discursos extremistas, sean de izquierda pero principalmente de derecha (la alt-right), en todo el mundo aprovechan. Pero “hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa protestante y revolucionaria global” (Byung-Chul Han). Las multitudes “viven en el escándalo moral que no logra convertirse en ira política, capaz de cambiar la realidad con el impulso revolucionario” (Alberto Navarro).