En los años de mi adolescencia y juventud, la televisión y la radio no acogían con frecuencia expresiones de disensión o modos alternativos de ver las cosas. Era más frecuente en los periódicos, que una que otra voz disonante tratara de hallar eco en el pensamiento ciudadano. Pero la letra impresa tenía otra potencia: mediante la edición o autoedición de libros y folletos, cualquier autor verdaderamente convincente o de ideas penetrantes, lograba encontrar eco y lugar en la formación de las ideas y la construcción de las voluntades colectivas.

Por ejemplo, en mis experiencias de miembro activo del Movimiento Estudiantil de Concientización, recuerdo la importancia y preeminencia del mimeógrafo, esa suerte de imprenta sencilla y de bajo costo con la que los estudiantes universitarios (los de la UASD, por lo menos) producíamos volantes y folletos de animación, motivación o formación. Pero era un medio de trasmisión unidireccional de información.

Desde la aparición de las nuevas tecnologías y las redes sociales las cosas han cambiado mucho. Además de que hoy la comunicación es horizontal y bidireccional, los cientos de miles de jóvenes y adultos que las utilizan las portan consigo en todo momento, haciendo posible la sincronización y simultaneidad de respuestas y la convergencia de interpretaciones, sensaciones y formas de pensar.

Nunca como ahora ha existido una base material para la comunidad de sentido, de sentimientos y de voluntades en un plano global, a lo largo y ancho de la humanidad. Es esto lo que está cambiando realmente: hoy es más posible que nunca compartir ideales, sentimientos y vocación. Los jóvenes lo están experimentando y demostrando. Probablemente lo que más está haciendo falta es encontrar el “sentido común”, el Common Sense, tal como escribiera Thomas Paine, para unificar y poner en el mismo ritmo sensaciones nuevas, vocación de cambio y pensamiento.

Por Henry Molina.