No es la efímera ministra la que está vacía de contenido, sin programa que defender, e incapaz de comunicar eficientemente las políticas del gobierno, como escribía un redactor de El País.

 

No es que María Elizabeth Truss haya sido sacada de la nada para colocarla frente a las riendas de un país, academia,militancia política, enseñanzas de la vida, y experiencia de Estado las había tenido como funcionaria de los gobiernos de David Cameron, Theresa May y Boris Johnson. Falta le hizo renovar sus pensamiento económico para extraer una mentira que el populismo repite una y otra vez sin ningún sustento sólido: que las rebajas impositivas producen crecimiento económico.

“Esta afirmación se basa en la investigación de… bueno, de nadie. No existe ningún cuerpo de investigación serio que sustente las ideas fiscales del Partido Republicano, porque la evidencia existente está en contra de esa idea de manera abrumadora”. El comentario lo hace Paul Krugman en su libro CONTRA LOS ZOMBIS, refiriénse al trumpismo , de pensamiento coincidente con el de los conservadores ingleses.

Ella tenía por aprendidos los efectos de los cambios de la revolución conservadora que encarnaron Ronald Reagan y Magaret Thatcher, que entre otras cosas se centró en rebajas impositivas, dejando atrás las orientaciones keynesianas de los treinta años gloriosos que siguieron al fin de la segunda guerra mundial. Las necesidades de la mayoría de los pobladores quedaban relegadas a lo único que importaba: los intereses del capital, y eso duró con vigencia mientras lo hizo la resaca de la crisis petrolera que puso fin a los años de continúo crecimiento y progreso social transcurridos entre 1945 y 1973.

Sorprendida por una elección que le pone en manos una primera magistratura en un abrir y cerrar de ojos, la señora Truss quiso emular a Thatcher, sin su capacidad de determinación, y en una coyuntura totalmente distinta a la que manejó la dama de hierro lanzó la más irresponsable y alocada rebaja impositiva que se pudiera concebir, logrando que los primeros en convencerse de que habían cometido el peor error de sus vidas fueran los diputados que la eligieron como primera ministra, y ni se diga los que columbraban los opositores,los mercados, los medios de comunicación, los tenedores de la deuda inglesa, los bancos y todos los grupos económicos.

Pocos políticos en el mundo han acumulado un rechazo tan unísono en tan corto tiempo, pero el problema no es Lizz Truss y su patética incompetencia, porque el peor error de los conservadores no ha sido el de dañar el conglomerado unionista que conducen hacia el abismo con los peores primeros ministros, su peor agravio fue el de agitar hasta el cansancio la salida de Inglaterra de la Unión Europea, con lo que poco a poco se van anotando el mérito infame de hacer retroceder la economía de su país a igualarse con la de los países del subdesarrollo.

Hasta que no aparezca una generación de líderes que reconozcan que el Brexit fue absurdo, que se advierte más en el esquema de la nueva globalización que legó el Covid19,  y que ha acentuado la guerra en Ucrania, lo más sensato es que Reino Unido repela de conductores tan desafortunados.

No es la efímera ministra la que está vacía de contenido, sin programa que defender, e incapaz de comunicar eficientemente las políticas del gobierno, como escribía un redactor de El País, es que el populismo encarnado por Boris Johnson y otros especímenes han aislado a Inglaterrra y la han metido en un  cayejón sin salida, a cambio de nada porque en política internacional siguen alineados con Europa y Estados Unidos.