No hemos perdido la Fe, pero estamos des encarrillados. Hemos construido gigantescos altares, cultura y modus vivendi que alaban a la soberbia, el egoísmo, la vanidad, el egocentrismo desatando tal ira y odio al mundo y hacia los demás como un virus que muta, nos envenena y nos va matando como especies. De eso se nos ha querido librar, pero estamos muy ciegos para querer verlo.

No hemos perdido la Fe, pero estamos des encarrillados. Hemos construido gigantescos altares, cultura y modus vivendi que alaban a la soberbia, el egoísmo, la vanidad, el egocentrismo desatando tal ira y odio al mundo y hacia los demás como un virus que muta, nos envenena y nos va matando como especies. De eso se nos ha querido librar, pero estamos muy ciegos para querer verlo.


Para los que confiamos en un orden divino y un poder Supremo, creemos que las leyes nunca mueren. Hemos visto la proclama de científicos, religiosos, filósofos y pensadores que nos han recitado desde la del “del ojo por ojo, diente por diente”, la del “boomerang”, la de “causa y efecto” y la de que “lo que siembras cosechas”, entre otras más que al cabo el resultado es idéntico


Creo además que al final el Ser Supremo,  Orden o como queramos llamarle también se trata del mismo, con algunas variantes, formas, lenguajes, mantras y demás en cada doctrina. Me enseñaron que el Orden divino se llama Dios y aunque no soy una ferviente bautizada católica, cada mañana disfruto conversar con Él y me deleito leyendo pasajes sobre las obras y expresiones brillantes (buscando entender) del personaje más místico y sobresaliente de todos los tiempos: el Cristo. En la Biblia (el libro más leído del mundo) se nos presenta a Jesús, el hombre que más amor, sabiduría y luz esparció en la tierra y quien nos dejó un instructivo de enseñanzas singulares y un legado extraordinario y sencillo de cómo debemos vivir cada día.  Pero como una película de horror y pese a su entrega y humildad sufrió la más grande y brutal traición perpetrada por los hombres y mujeres a quienes amó y por quienes se entregó.


Si no somos capaces de sentir el dolor por la forma tan desgarradora de cómo fue su calvario y muerte, entonces no debe morir tampoco la Semana Santa. Sin importar las religiones, filosofías, creencias particulares y grupales y hasta los que profesan el ateísmo -a fin de cuentas otra corriente de pensamiento- y ya vemos que los humanos ni podemos ponernos de acuerdo para seguir una misma filosofía de vida. Creo que el sentido de la celebración de la Semana Mayor es simple pero contundente: la muerte le da paso a la vida y es el mismo mensaje que se nos ha revelado durante siglos. Y pensando en el significado de este Domingo de Resurrección será que la muerte es la oscuridad que arropa a la humanidad? y la vida es precisamente la oportunidad de renacer y aprender de los errores, librarnos de esos sentimientos autodestructivos y elegir una vida en armonía con la naturaleza y con todos en nuestro planeta?  porque al principio y al final uno decide como quiere vivir pero lo que es invariable es la Ley de Dios (dele el nombre que usted quiera) esa que dice que “no come trampas y el que se la come se le atrabanca”.