En el acto de acogida a la renunciante dirigente peledeísta Taína Gautreaux, el 6 de febrero de este año, el candidato presidencial por el opositor Partido Revolucionario Dominicano, ex presidente Hipólito Mejía, confesó que ha hecho caso omiso a sus estrategas cuando le han recomendado obviar en los discursos de campaña el tema de la corrupción en tanto no suma votos.

“Con nombre o sin nombre, el que haya metido la mano, la va a pagar”, ha vuelto a advertir en tono recio tras criticar con acidez al gobierno actual y culparlo de la crisis moral que, para él, abate a la sociedad dominicana.

Si fuera cierto ese grito de guerra contra la corrupción, sería maravilloso, y más si abarcara períodos pasados de nuestra era democrática e incluyera a empresarios y otros que, sin ser funcionarios ni empleadores, desde la sombra, sin funciones de oficinas, chupan mucho más las tetas del erario.

Quisiera creerle, pero sufro de dudas. Y más cuando lo que se dice sale de boca de políticos en el tráfago de una campaña electoral cuya apuesta es conseguir votos a cualquier precio, hasta ofreciendo el paraíso que –según nos han inculcado--  es propiedad absoluta de Dios.

De lo que no dudo es del yerro que comete Mejía al no dejarse llevar de expertos que se supone han sido escogidos por él mismo para que le asesoren. Error que se encarga de agrandar cuando sin rubor revela en acto público su desobediencia a las orientaciones de los consultores.

Desde que ganó la candidatura presidencial al actual presidente del PRD, Miguel Vargas Maldonado, en la conflictiva convención del 6 de marzo de 2011, él ha asumido como base de su discurso las denuncias sobre corrupción gubernamental. Y desde ese día he expresado lo mismo que sus estrategas. Tal tema no vende en el país de hoy, con poco más de 6.5 MM de electores, la mayoría presas de urgencias cotidianas y, frente a ella, el viejo espejo de la impunidad y el enriquecimiento ilícito como modelo de éxito.

Si vendiera como se piensa, encuestas de firmas como Gallup y Penn and Shoen no le registraran descensos peligrosos en la intención de voto, sino porcentajes altísimos consustanciales con la erradicación de la corrupción que dizque desea la población. Es que, aunque expresen lo contrario, muchos sufragantes que aspiran a robar al tesoro público para vivir sin apremios económicos, ven tales discursos como una amenaza.

La corrupción es un problema social sistémico que requiere soluciones conforme su magnitud y origen. Es una cultura, que no un asunto coyuntural; está incrustada en los tuétanos de la sociedad donde habitan los políticos.

En realidad, el gran delito de los políticos dominicanos –imperdonable por demás--  no es tanto el haberse robado unos cuantos millones como haber devaluado la cuestión al zarandearla solo en tiempos de agitadas campañas electorales y bajo una atmósfera de sensacionalismo sin parangón como si fuese una película de ficción. Llegar a cualquier cargo, alto, medio o bajo, de las instituciones estatales (incluidas las descentralizadas), y no robar ni acoplarse a las mafias que allí se crean, es poco más que un suicidio.

El 20 de mayo dirá si valió la pena la testarudez de Hipólito. Pero, desde aquí y ahora, cuando los errores pesan como los 3.5 millones de pobres que tenemos encima, todo indica que, en términos comunicacionales, anda equivocado. Muy equivocado.

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