Tony Pérez.

El sepelio la mañana del jueves 17 de enero del pandillero Junior Javier Minaya Germán (Gilbert, el de la cañada de Guajimía), no trajo mayor novedad en el submundo “El Pentágono”, de Las Palmas, Herrera, donde le tocó jefear pese a su juventud.

Camino al cementerio Cristo Redentor, en el noroeste del municipio Santo Domingo Oeste, decenas de jóvenes motorizados, haciendo piruetas, gritaron loas a su dios, insultaron a los policías vigilantes, excluyeron reporteros que consideraron desafectos, celebraron y, al final, al ritmo de ¡Viva, viva! destaparon el ataúd y vaciaron sobre el muerto, comenzando por la boca, Johnny Walker etiqueta negra, un whisky que, se supone, está por encima de su pobreza.

La única ausencia del ritual fueron los tiros al aire por parte de los muchachos burlones que asistieron bien armados. Porque en “fiestas” similares, en Santo Domingo y en las provincias, los sonidos de las balas son parte de la partitura.

Un grupo de policías liquidó el martes a Gilbert en una residencia de Ciudad Satélite de Hato Nuevo. Lo acusaban de matar, la noche del 2 de enero, a su rival del microtráfico en la comarca, Omar García González (El Muerto) y tres su banda, entre otros delitos de similar tintura. La autoridad había advertido sobre la peligrosidad de tales pandillas y había reclamado a sus integrantes que se entregaran.

La zona “El Pentágono” era el país gobernado a puro pulso por “El Muerto” y Gilbert. A la vista de todos, era su zona libre, donde la autoridad solo asistía a cobrar el peaje y los vecinos los llamaban “nuestros hermanos buenos”. Claro, como inteligentes que eran, los dos bandidos y sus séquitos compraban a bajo precio las grandes necesidades comunitarias y familiares que los gobiernos han parido como verdolaga y luego “si te he visto, no me acuerdo”. Con una irrisoria cuota de sus juegos ilícitos y violentos saciaban hambre y simulaban garantía de seguridad pública a quienes se sentían –y se sienten--  huérfanos de ella.

Lo sucedido con “El Muerto” y Gilbert es solo una escena de una larga película de drogas y mafias, rodada durante décadas en territorio dominicano ante la indiferencia de la autoridad y de sectores que, debido a su exclusivo estatus social, asumieron que la desgracia jamás rozaría sus puertas. La metodología usada por los delincuentes es la propia del crimen organizado internacional, aunque éstos ni siquiera conozcan más allá del territorio de  la capital dominicana. Innecesario, si han tenido maestros habilitados en el extranjero (Estados Unidos, Colombia, México) o han sido aventajados consumidores de algunos productos mediáticos.

Ya ellos, como muchos de sus pares, yacen en el llamado campo santo. Pero resucitarán, como ocurre en un film de ficción. Y se encarnarán en otros y otras de la juventud desesperanzada. Porque, hace mucho, hay un segmento de la población que reivindica el tráfico y consumo de drogas, el robo y la violencia, como si fueran derechos humanos. Y pentágonos donde operar hay sembrado por doquier.

En ese mundo hostil y engañoso, “El muerto” y Gilbert solo cometieron un error grave: se dejaron emborrachar de la arrogancia, el ímpetu y las ínfulas de poder. Solo así cayeron relativamente abatidos.

El saltito de Danilo

Celebro el ritmo de trabajo que lleva el Presidente Danilo Medina. Celebro incluso su cambio de indumentaria, como le sugerí en campaña; ahora se ve más jovial y cercano. Celebro su escasa parafernalia, sus visitas sorpresa y hasta los saltitos suicidas sobre zanjas y charcos, aunque temo por sus reflejos en tanto hombre sesentón ya acostumbrado a la oficina. Creo que va muy bien y deseo que aguante el foete.

Pero pensaba que antes de anunciar mega-obras muy importantes como la carretera Cibao-Sur y la terminación de otras en el Este, él ordenaría la construcción de la carretera Barahona-Pedernales (124 kilómetros) porque lo que existe es un pandemonio solo apto para burros, mulos y bestias.

En esa atractiva zona queda todo por hacer. Predomina por eso la desconfianza en los políticos y el desánimo entre la población. Y el estado actual de la vía principal es una de las muchas razones de la desesperanza. No se nota tanto porque el flujo vehicular es hasta ahora mínimo y los accidentes fatales, por tanto, no son tan significativos. Eso durará poco, sin embargo, si al Gobierno le da por desarrollar el cuarto polo turístico para alcanzar más rápido su meta de 10 millones de turistas por año.

Los pueblos del sur profundo, empezando por el municipio Pedernales (capital de la provincia), no aguantan más olvido. Por eso el número de habitantes decrece progresivamente mientras los espacios son ocupados por foráneos. Las provincias pierden así su identidad. No sé si habrá vida cuando termine de aparecer la voluntad para resolver, de acuerdo a la ley, el latrocinio de las áreas turísticas, comenzando por Bahía de las Águilas.

Ojalá el Presidente escuche este grito y clave su mirada en aquel filón de la República. Porque en el sur profundo existimos y también tenemos derecho.

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