Tony Pérez.

¡Ay de quien ose criticar la explosión tecnológica de hoy! Lo tildarían de atrasado, gallo loco y conspirador contra el desarrollo. Casi le escupirían la cara.

Quienes así piensan asumen desarrollo como la posesión del último modelo de celular, la Tablet del año, la televisión Led que no quepa en la casa… Y sueñan con la creación de algún instrumento que les evite el trabajo de masticar alimentos con las mandíbulas. Son los mismos que piensan el bienestar general a partir del bulto del Producto Interno Bruto concentrado en dos o tres manos. O sea: la riqueza nacional concentrada en unos cuantos bolsillos mientras el resto se vuelve indigente.

Vivimos de engaño en engaño. Y no es que la tecnología sea mala. Solo que asumida como vulgar negocio, animador de cursilería, nos lleva a un abismo peor que el fiscal. Nos deshumaniza.

El buen sacerdote, eterno coordinador general de la Pastoral Juvenil, Luis Rosario, ha sentenciado:

“Tenemos de todo, menos la tecnología del amor”.

Cierto. Una expresión que todo el mundo debería somatizar al comenzar desde este comienzo de 2013. Cuando falta amor, falta todo. De nada sirve ser millonario si es para agigantar vacíos existenciales; si la solidaridad perece y las vidas de los demás valen 20,000 pesos dominicanos cada una. Veo muchas personas ataviadas de tecnología, ufanándose de sus dispositivos; pero a leguas denotan su tristeza y su poco deseos de vivir y de ver vivir a los demás.

La tecnología hoy, igual que la de ayer, es buena siempre que se use para el bien particular y social. Desde sus primeros días, los hombres y las mujeres crearon sus tecnologías para resolver o facilitar sus necesidades; no, quizá, para envanecerse y achicar a los demás.

Colmo de la Barrick

El ministro de Industria y Comercio, José Del Castillo, ha informado hace unos días que el Gobierno realiza los estudios con el propósito de explotar una mina de oro y otros metales detectada en la provincia sureña San Juan de la Maguana.

Sonó bonito eso en la víspera de 2013. Como la decisión ya está tomada, que lo piensen y lo hagan bien. Aunque si es por los antecedentes de la explotación minera en este país, sería mejor que dejaran tranquilas las entrañas de esas tierras del “granero del sur”.

Provincias mineras como Pedernales, Monseñor Nouel y Sánchez Ramírez hoy son más pobres. Sus riquezas se las llevaron otros; solo les dejaron como recompensa grandes cráteres que, al verlos, hacen llorar de impotencia.

En la Barrick Gold tenemos aquí un ejemplo vivo. Se ha zarandeado que tiene un contrato lesivo a los intereses nacionales para explotar los yacimientos de oro en Sánchez Ramírez, en el nordeste del país. Expertos estiman que durante 25 años de explotación, la empresa canadiense se ganará 32 mil millones de dólares y el Estado solo 9,000 (menos de 400 por año). De nada vale explotar nuestros minerales en esas condiciones.

Ese contrato jamás debió aprobarse bajo esas condiciones humillantes para el país. Apuesto a su revisión, si no es posible la anulación. Aunque dice el pueblo que “después del palo dao, ni Dios lo quita”. Se acostumbra por estos lares a amarrar bien los contratos para, cuando vengan los gritos, sus artífices hacerse los padres de la patria simulando que conceden razones al desprenderse cuotas de dinero ya contempladas para tales fines en sus plan de contrainsurgencia.

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